CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE ABRAZAR LA CARRERA DEL ARTE (Robert Louis Steven

 

 CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE ABRAZAR LA CARRERA DEL ARTE

 

 

 

 Con la seductora franqueza de la juventud me plantea una cuestión de indudable importancia para usted y (cabe pensar también) de cierta trascendencia para la humanidad: ¿ha de ser o no artista? Es ésta una pregunta a la que debe responder usted mismo; lo más que puedo hacer por usted es atraer su atención sobre algunos factores que debe tener en cuenta; y empezaré, como es probable que termine, asegurándole que todo depende de la vocación.

 

 Saber lo que a uno le gusta marca el comienzo de la sabiduría y de la madurez. La juventud es una edad totalmente experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida. Una y otra vez aúna el hombre joven estas dos incógnitas, ya en un ligerísimo roce, ya en un abrazo amargo; con un placer exquisito o con un dolor punzante; pero en ningún caso con indiferencia, a la cual es totalmente ajeno, o con ese sentimiento cercano a la indiferencia, la aceptación. Si se trata de un joven sensible, que se excita con facilidad, el interés por esta serie de experimentos excederá con mucho el placer que de ellos derive. Aunque así lo crea, no ama la belleza ni busca el placer; su objetivo será cumplir su vida y degustar la diversidad del destino humano, y en ello hallará suficiente recompensa. Porque hasta que la cuchilla de la curiosidad se embota, todo lo que no es vida y búsqueda desaforada de experiencias ofrece para él un rostro de repulsiva aridez que difícilmente podrá evocar más tarde; o, de haber alguna excepción –y el destino entra aquí en escena–, es en los momentos en que, hastiado o ahíto de la actividad primaria de los sentidos, revive en su memoria la imagen de los placeres y las penas pasados. De esta suerte, rechaza las profesiones rutinarias y se inclina insensiblemente hacia la carrera del arte que solamente consiste en saburear y dar cuenta de la experiencia.

 

 Esto, que no es tanto vocación por un arte cuanto impaciencia para con las restantes ocupaciones honradas, se presenta frecuentemente aislado; y siendo así, se va borrando con el paso de los años. Bajo ningún concepto se le debe prestar atención, pues no es una vocación, sino una tentación; y cuando, hace días, su padre desaprobó de forma tan cruda (y a mi juicio) tan certera su ambición, no es improbable que recordase un episodio similar de su pasado. Porque acaso la tentación sea tan frecuente como la vocación es rara. Además, hay vocaciones imperfectas; hay hombres vinculados no tanto a un arte en particular cuanto al ars artium general, base común de todo arte creativo; ora se entregan a la pintura, ora estudian contrapunto o pergeñan un soneto: todo con idéntico interés, no pocas veces con conocimientos genuinos. Y de esta disposición, cuando despunta, me resulta difícil hablar; pero le aconsejaría dedicarse a las letras, pues, al servicio de la literatura (red de tan amplia cabida), toda su erudición pudiera serle útil algún día y, si continuara trabajando y se convirtiera al cabo en un crítico, sabría utilizar las herramientas necesarias. Por último, llegamos a esas vocaciones que son, a la vez, claras y decisivas; a los hombres que llevan en las venas el amor a los pigmentos, la pasión por el dibujo, el talento para la música o el impulso de crear mediante las palabras, de la misma forma que otros, o acaso los mismos, nacen amantes de la caza, el mar, los caballos o el torno. Están predestinados; si un hombre ama su oficio con independencia del éxito u la fama, los dioses han llamado a su puerta. Tal vez posea una vocación más amplia: sienta debilidad por todas las artes, y pienso que a menudo éste es el caso; pero es en esa disciplinada entrega a una sola, en el entusiasmo inquebrantable por los logros técnicos y (quizá por encima de todo) en la candorosa actitud con que acomete su insignificante empresa con una gravedad propia de los cuidados del imperio y estima valioso conseguir, a cualquier coste de trabajo y tiempo, la mejora más insignificante, donde hallamos huellas de su vocación. La ejecución dc un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista.

 

 Si descubre en usted inclinaciones tan acusadas, no haya lugar para vacilaciones: ríndase a ellas. Y observe (pues no es mi intención desalentarle excesivamente) que, al principio, nuestra natural disposición no se consuma con brillantez o, diré más bien, con tanta regularidad. El hábito y la práctica afilan los talentos; la perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte, practicada con asiduidad, en una pasión absorbente. Pero ahora será bastante si al volver la vista atrás en un intervalo de tiempo razonable comprueba que el arte elegido tiene más cualidades que las que se arrogara en su momento entre los multitudinarios intereses de la juventud. Si la devoción acude en su ayuda, el tiempo hará el resto; y pronto todos y cada uno de sus pensamientos estarán empeñados en la tarea amada.

 

 Mas, me recordará, pese a la devoción, pese a desplegar una actividad grata y perseverante, muchos artistas, a la vista de los resultados, viven su vida totalmente en vano: artistas a millares y ni una sola obra de arte. Recuerde, a su vez, que la mayoría de los hombres son incapaces de hacer algo razonablemente bien, y entre otros cosas, arte. El artista inútil no habría sido un panadero del todo incompetente. Y el artista, incluso si no divierte al público, se divierte a sí mismo; al menos ese hombre será más feliz gracias a sus horas de vigilia. Este es el aspecto práctico del arte: una fortaleza inexpugnable para el practicante sincero. Los beneficios directos –el salario del oficio– son reducidos, pero los beneficios indirectos –el salario de la vida– son incalculables. No existe otro negocio que ofrezca al hombre su pan de cada día en términos tan convenientes. El soldado y el explorador experimentan emociones más vivas, pero a costa de penalidades crueles y períodos de tedio que hacen enmudecer. En la vida del artista ningún momento debe transcurrir sin deleite. Tomo como ejemplo al autor con quien estoy más familiarizado; no dudo que ha de trabajar con un material díscolo y que el mismo acto de escribir perjudica y pone a prueba tanto sus ojos como su carácter; pero obsérvele en su estudio, cuando las ideas se agolpan en su mente y las palabras no le faltan: en qué corriente continua de pequeños éxitos transcurre su tiempo; con qué sensación de poder, como la de quien moviera montañas, agrupa a sus personajes menores; con qué placer para la vista y el oído ve crecer la etérea construcción sobre la página; y cómo se esmera en un oficio al cual afluye todo el material de su existencia y abre una puerta a todos sus gustos, preferencias, odios y convicciones, de modo que llega a escribir lo que ansiaba expresar. Es posible que haya gozado mucho en el grande y trágico patio de recreo del mundo; pero ¿qué habrá gozado con más intensidad que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que está pésimamente retribuido; lo sorprendente en verdad es recibir retribución de cualquier especie. Otros hombres pagan, y con largueza, por placeres menos deseables.

 

 Pero el ejercicio del arte no sólo reporta placer; trae consigo una admirable disciplina. Pues el artista se guía enteramente por el honor. El público ignora o conoce bien poco los méritos en busca de los cuales está condenado a invertir la mayor parte de sus esfuerzus. Una determinada concepción, una energía personal o algún acierto de poca monta que el hombre de temperamento artístico obtiene con facilidad, tales son los méritos que se reconocen y valoran. Pero a aquellos más exquisitos detalles de perfección y acabado que el artista desea con vehemencia y siente de forma tan acusada, por los que (utilizando las vigorosas palabras de Balzac) ha de luchar «como un minero sepultado bajo un corrimiento de tierra», por los que día a día recompone, revisa y rechaza, a aquéllos, la gran mayoría de su audiencia permanecerá ciega. De estas penalidades ignoradas, y en el caso de que alcance elevadas cotas de mérito, acaso responda con justicia la posteridad; en el caso, más probable, de que fracase, siquiera por el margen de un cabello con respecto a la cota más elevada, tenga la seguridad de que pasarán inadvertidas: A la sombra de este gélido pcnsamiento, a solas en su estudio, el artista debe día a día ser fiel a su ideal. En la fidelidad radica la nobleza de su existencia; por ella el ejercicio de su arte le acrisola y fortalece el carácter; también gracias a ella la adusta presencia del gran emperador se volvió (siquiera un momento) condescendiente hacia los seguidores de Apolo, y aquella voz suave y enérgica pidió al artista que festejara su arte.

 

 Aquí conviene hacer dos advertencias. Primera, si desea continuar siendo su única ley, vigile las primeras señales de pereza. En puridad, este idealismo sólo puede sustentarse merced a un esfuerzo constante; pues el nivel de exigencia se rebaja con enorme facilidad, y el artista que se dice a sí mismo «así será suficiente», ya está condenado; en ocasiones (especialmente en ocasiones desafortunadas), tres o cuatro éxitos mediocres bastan para falsificar un talento, y en el ejercicio del periodismo se corre el riesgo de tomarle afición a la negligencia. Existe este peligro, no siendo menor el segundo. La conciencia de hasta qué extremo el artista es (debe ser) su propia ley, corrompe a las cabezas mediocres. Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar. Indudablemente es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vìsta) por servicios que desea ver realizados. Considerándolo adecuadamente, se plantea con ello una trascendental cuestión de honestidad. Ofrecer al público lo que no desea y esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo entre los pintores. En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el talento: el carácter. Y si es tan independiente que no ha de doblegarse a la necesidad, aún tiene otra salida: dejar a un lado su arte y llevar un estilo de vida más viril.

 

 Al hablar de un estilo de vida más viril, debo ser franco. Vivir a expensas de un placer no es una vocación muy elevada; aunque veladamente, entraña algún patronazgo; el artista se cuenta, por ambicioso que sea, entre las chicas de baile y los marcadores de billar. Los franceses entienden la evasión romántica como una ocupación y a sus practicantes las llaman «hijas de la alegría». El artista pertenece a la misma familia, es uno de los «hijos de la alegría» que ha elegido su oficio para deleitarse, se gana el pan deleitando al prójimo y se ha desprendido de la dignidad más severa del hombre. No hace mucho algunos periódicos denostaron el título nobiliario de Tennyson; y este «hijo de la alegría» recibió reproches por condescender y seguir el ejemplo de lord Lawrence, lord Cairns y lord Clyde. El poeta estuvo más inspirado; aceptó el honor con más modestia; y los periodistas anónimos (si he de creerles) no han reparado todavía el vicario ultraje a su profesión. Estos caballeros podrán hacerse más justicia a sí mismos cuando les llegue su turno; y me agradará saberlo, pues a mis ojos bárbaros incluso lord Tennyson aparece un tanto fuera de lugar en semejante reunión; no debería haber honores para el artista; el ejercicio de su arte ya le ofrece mayor recompensa de la que en vida le corresponde; y antes que el arte, otros oficios, menos atractivos y acaso más útiles, han hecho valer su derecho a tales honores.

 

 Pero la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso. En ocupaciones más corrientes el hombre se ofrece para producir un artículo o realizar un objeto determinado puramente convencional, proyecto en el que (casi podemos afirmar) el fracaso es muy difícil. Mas el artista se aparta de la multitud y se propone deleitar: proyecto impertinente en el que no hay fracaso que no esté envuelto en odiosas circunstancias. La infeliz «hija de la alegría» que pasea sus galas y sonrisas inadvertida entre la multitud compone una estampa que no podemos evocar sin un sentimiento de lacerante compasión. Tal es el prototipo del artista fracasado. Como ella, el actor, el bailarín y el cantante deben mostrarse en público y apurar personalmente la copa de su fracaso. Y aunque todos los demás escapemos a la suprema amargura de la picota, en esencia tarnbién cortejamos a la humillación. Todos profesamos ser capaces de gustar. ¡Qué pocos lo logramos! Todos nos comprometemos a seguir siendo capaces de gustar. Pero a cada cual incluso al más admirado, le llega el día en que su ardor declina; pierde la astucia y, avergonzado, se sienta junto a la barraca desierta. Entonces se verá en la necesidad de hacer algún trabajo y se sonrojará al cobrarlo. Entonces (como si el destino no fuese ya suficientemente cruel) habrá de padecer las burlas de los raqueros de la prensa, quienes ganan su amargo pan execrando la basura que no han leído y ensalzando la excelencia de lo que son incapaces de comprender.

 

 Y advierta que éste parece ser el final cuando menos inevitable de los escritores. Les Blancs et les Bleus (por ejemplo) reúne méritos muy diferentes a los del Vicomte de Bragelonne; y si existe algún caballero que soporte espiar la desnudez de Castle Dangerous, su nombre, según creo. es Ham: bástenos a nosotros leer sobre ello (y no sin derramar lágrimas) en las páginas de Lockhart. Así, en la vejez, cuando el confort y un quehacer se hacen más necesarios, el escritor debe abandonar a la par su medio de vida y su pasatiempo. Sin duda el pintor que ha logrado retener la atención del público gana fuertes sumas y hasta muy avanzada edad puede permanecer junto a su caballete sin fracasos ignominiosos. El escritor, al contrario, padece el doble infortunio de estar mal retribuido cuando trabaja y de no poder trabajar en la vejez. Por ello su estilo de vida le lleva a una situación falsa.

 

 Pero el escritor (pese a los notorios ejemplos en sentido contrario) debe procurar estar mal pagado. Tennyson y Montépin se ganaron la vida espléndidamente; pero no todos podemos esperar ser Tennyson ni acaso desear ser Montépin. Si uno ha adoptado un arte como oficio, renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida, no en el del oficio, está su recompensa; así, el salario es el trabajo. Es evidente que no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos; ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos? Tal vez no hayan reparado nunca en la pensión de retiro de un oficial de campo; ¿o es que creen que su contribución a las artes cuyo destino es agradar es más importante que los servicios de un coronel? ¿Olvidan con qué poco se conformó Millet para vivir? ¿O piensan que el tener menos genio les exime de mostrar iguales virtudes? No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del vieux saltimbanque; si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto. Un día, cuando el carnicero llame a su puerta, acaso le tiente o se vea obligado a producir y vender una obra desaliñada. Si esta necesidad no es producto de su propia desidia, aún será digno de elogio; pues faltan palabras que puedan expresar hasta qué punto es más necesario para un hombre mantener a su familia que conseguir –preservar– alguna distinción en las artes. Pero si es responsable de su indigencia, roba, roba a quien puso confianza en él, y (lo que es peor) roba de forma tal que siempre sale impune.

 

 Y ahora quizá me pregunte: si el artista en cierne no debe pensar en el dinero ni (como se infiere) tampoco esperar honores de Estado, ¿puede al menos ansiar las delicias de la popularidad? La alabanza, dirá, es un plato codiciable. Y mientras se refiera a la acogida de otros artistas, apunta hacia uno de los placeres más esenciales y duraderos de la carrera del arte. Pero si tiene la vista puesta en los favores del público o en la atención de la prensa, tenga la certeza de estar alimentando un sueño. Es cierto que en determinadas revistas esotéricas el autor, pongamos por caso, es criticado puntualmente, y que a menudo se le elogia más de lo que merece, a veces por méritos que él mismo tenía a gala despreciar, y otras por hombres y mujeres que se han negado a sí mismos el placer de leer su obra. Pero si el hombre es sensible a estas alabanzas desaforadas, cabe esperar que también lo sea a aquello que a menudo las acompaña e inevitablemente las sigue: un desaforado ridículo. Cualquier hombre, después de triunfar durante años, puede fracasar; tendrá noticia de su Eracaso. O puede haber triunfado durante años y seguir siendo una punta de lanza de su arte aunque sus críticos se hayan cansado de elogiarle, o habrá surgido un nuevo ídolo del momento, alguna «figura de relumbrón» a quien prefieren ahora ofrecer sus sacrificios. Tal es el anverso y el reverso de esa fea y vacía institución llamada popularidad. ¿Creerá algún hombre que merece la pena conseguirla?

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LA ORATORIA (Jorge Mota)

LA ORATORIA
por Jorge Mota
Al esbozar este pequeño trabajo sobre la oratoria, he considerado importante añadir también unos comentarios sobre la psicología de las  masas y sobre la personalidad de "Jefe", toda vez que, en mayor o en  menor escala, un buen orador, tendrá directa o indirectamente la función de "leader".
LA PSICOLOGIA DE LAS MASAS.
Gustave Le Bon se ocupó de este tema con amplitud y su extenso estudio  al respecto sigue siendo una pieza fundamental no superada.  Cualquier  persona que quiera iniciarse en la oratoria, debe leer, repetidamente, la obre de Le Bon.
Aquí extractaremos sólo algunos pasajes a modo de orientación: "igualmente que para los seres entre los cuales no interviene el  razonamiento, en las muchedumbres la imaginación representativa es muy  poderosa, muy activa y susceptible de ser vivamente impresionada.  Las  imágenes evocadas en su espíritu por un personaje, un acontecimiento, un  accidente, tiene case la vivacidad de las cosas reales.  Las  muchedumbres están algo en el caso del soñador, cuya razón, suspendida  momentáneamente, deja surgir en su espíritu imágenes de una intensidad  extrema, pero que se disiparán rápidamente si pudiesen ser sometidas a   reflexión. "No siendo capaces las muchedumbres ni de reflexión ni de razonamiento , carecen de la noción de lo inverosímil, porque generalmente las cosas  más inverosímiles son las que hieren más profundamente su espíritu. "Lo maravilloso, lo legendario de los acontecimientos es siempre lo que  impresiona a las muchedumbres con mayor intensidad".
En otro pasaje, y en cierto modo como resumen de una serie de  razonamientos dice:   "Hemos demostrado que las muchedumbres no razonan; que admiten o rechazan las ideas en bloque; que no soportan discusión  ni contradicción, u que las sugestiones, actuando sobre ellas, invaden  completamente el campo de su entendimiento y tienden enseguida a transformarse en actos.  Hemos demostrado que las muchedumbres,  sugestionadas convenientemente, está prontas a sacrificarse por el ideal  que les fue sugerido.  Hemos visto también que sólo conocen los   sentimientos de violencia extremada; que en ellas la simpatía se   convierte pronto de adoración, y la simpatía, apenas nacida, se   convierte en odio.  Estas indicaciones generales permiten ya presentir  la naturaleza de sus convicciones".
Resumiendo Le Bon viene a afirmar que las masas como tales tienen la  personalidad distinta de los individuos que las forman.  Sus opiniones  constituyeron en su tiempo una novedad, sin embargo hoy han sido ya  estudiadas sistemáticamente todas las reacciones de las masas.  Todos  estos estudios, empero, partes de la obre de Le Bon y sobre ellos se  apoya el "arte" de la democracia, es decir, el arte de hacer creer a los dirigidos que son directores.
 Diversos autores han abundado en las opiniones del genial autor francés. Hitler, en "Mein Kampf" , comenta ampliamente el tema de las masa  resaltando que el hecho de "ser una masa convence de la razón", afirmación muy justa y tremendamente cierta.  El genial octor Robert   escribiría: "Por lo mismo que las masas no discurren , tampoco soportan    la contradicción.  Las masas piensan poco pero las masas sienten.  Las  masas no razonan, sino que solamente se mueven por el sentimiento", e  incluso en una gran película, "Un hombre para la eternidad" pudimos  anotar una frase muy elocuente al respecto: "las masas siguen a   cualquier cosa que se mueve".
Sin embargo como hemos apuntado,  y aunque no nos extenderemos al  respecto, los modernos estudios de formación de dirigentes, no olvidan esos principios fundamentales.  En la obra "Formación de dirigentes" de   Carlos Campoy, editada en 1971, podemos leer un espléndido resumen del libro de Le Bon, aunque no se indique así en el texto:
"A. La sociedad de masas es muy poco apta para el razonamiento, pero es  muy apta para la acción.
"B. La muchedumbre, actuando masivamente, posee un alma colectiva que  motiva pensamientos, sentimientos y acciones, distintas a aquellas de  las que serían capaces de hacer aisladamente, los individuos que las  integran.  "C. Muy pocas veces son guiadas por la razón, careciendo de poder sobre ellas las leyes de la lógica.  Por eso , sus dirigentes o líderes,  invocan sus sentimientos y nunca su razón"  continuando en otros puntos  diciendo que son susceptibles de una moralidad extrema, son intolerables  y autoritarias, simples y exageradas, sugestionables y crédulas." Sólo encontramos un gran error en Le Bon al afirmar que a través de los  periódicos es muy difícil crear un gran movimiento de opinión. Realmente hay que tener en cuenta la época en que vivió el autor , pero indudablemente hoy sabemos muy bien que es no sólo posible, sino  habitual.  Aspectos importantes que afectan a cada persona  individualmente como el impuesto de renta, no crea ni pintadas, ni manifestaciones, ni protestas, simplemente porque no es estimulado por la prensa.  La prensa crea pequeños líderes de corta duración para   evitar la pérdida de su control y procura que esos líderes no tengan realmente calidad de tales en cuyo caso podrían independizarse. En otros dos puntos hemos de mostrar una pequeña divergencia con Le  Bon.  Dicho autor viene a asegurar – como ya hemos dicho – que las masas  tienen una personalidad propia.
Realmente este aspecto es discutible, pues lo que les confiere esa "personalidad" es el anonimato y la  impunidad.  Muy probablemente las personas que forman esa masa, solas,  pero garantizando el anonimato y la impunidad, actuarían de igual forma.
Le Bon en cierto modo hace referencia a este hecho, pero no lo pone    debidamente de manifiesto y ello tiene su importancia pues habrá que pensar que cuando las personas individuales que forman las masa, sean  incapaces de actuar injustamente, – pese a la garantía de impunidad y    anonimato – , esas masas, formadas por esas personas, tampoco lo harán.
Otro punto de discrepancia con Le Bon – aunque más bien en orden  teórico – es que analizando sus comentarios se llega a la conclusión de que el buen "jefe", el  buen "orador" es el que sabe adaptarse a esas   características de las masas, es decir, el que sabe ser superficial, exagerado, intolerante, etc.  De haber conocido Le Bon a Hitler, muy posiblemente habría dicho que ere el prototipo ideal que él había defino en su libro.  Muchos camaradas incluso lo pensarán también, sin embargo Hitler supo arrastrar a las masas diciéndoles algo, sus discursos no son una sucesión de slogans más o menos convincentes.
Los discursos de Hitler son profundos, están llenos de ideas, de grandes ideas.  Hitler  en Nüremberg, en sus grandes discursos culturales, hablaba a las masas de arte, de moral, de ética.  Nada más falso que pretender que las masas  son y serán como son y los líderes ha de ser como son y serán las masas. El papel del líder – y eso ya lo trataremos luego en la oratoria – ha de  pretender elevar a esas masas, educarlas y lograr cambiarlas, otro  proceder sería tan absurdo como el misionero que para lograr feligreses, reparte entre los negros chocolate y abalorios.  Efectivamente tendrá sin duda muchos más seguidores, pero durante mucho menos tiempo que   aquel que se ha preocupado de convencerles.  Ser líder de una masa que  no va a ninguna parte tiene tanto interés como comprar uncoche sin motor.
Lo que sí es indudablemente cierto es que en una reunión donde no existe previamente un responsable, es imposible sacar conclusiones, independientemente de que esté formada por gente eminente o por  estúpidos.  Este es un fenómeno que no tiene su origen en la masa, o en lla gente reunida, sino en la organización, pero que no deja de ser interesante constatar.
En todo caso las masas pueden ser controladas por medio de la  disciplina. Hay masas más salvajes que otras.  Al término de la guerra mundial se puso de manifiesto este hecho y Francia e Italia se pusieron rápidamente en cabeza de la brutalidad de las masas, mientras que en  países anglosajones o germánicos se produjo una depuración igual pero en  forma más civilizada.
Creo que el motivo de este hecho habría que buscarlo en que esas   naciones son, por naturaleza, más disciplinadas, más obedientes. Conciben menos ese actuar individualista típico latino.  Esas masas esperarían más una orden de "vamos!" que un grito en igual sentido.  El  sentido de la disciplina, de la rectitud y, fundamentalmente, la  educación, puede lograr, estoy convencido, que en el futuro el espíritu  de las masas no se ajuste a lo escrito por Le Bon.
 
EL JEFE.
Un orador tiene que ser un Jefe.  Puede no ser el Jefe Principal, incluso ese Jefe Principal puede no ser orador, pero indiscutiblemente   el orador será un jefe tanto si se lo propone como si quiere evitarlo. Ello hace que sea conveniente analizar, aunque someramente, las virtudes que debe poseer un jefe.
Si observamos con detenimiento toda la sociedad que nos rodea veremos  que está organizada jerarquicamente, desde el deporte, donde hay un "capitán" en cada equipo, un entrenador, etc., hasta las empresas donde  todo son jefes y jefecillos.  La sociedad actual, como cualquier otra  del pasado , se articula en un sistema jerárquico.
A Joaquín Bochaca le preguntaron en el curso de un extenso examen psicotécnico, si él creía que los hombre eran iguales.  Bochaca se  limitó a decir que si fuesen iguales no le estarían haciendo a él un  examen psicotécnico.  La evidencia dejó sin respuesta al examinador  pero, indudablemente, no le convenció, pues todo el mundo "sabe" que no puede ser convencido de según que cosas. En la sociedad capitalista todo está organizado alrededor de los  "líderes", aunque se les llame "ídolos", "estrellas", etc., son  realmente líderes falsos.  Son encumbrados a placer y hundidos al gusto, pero fundamentalmente con ellos mueven a las masas o las distraen.
En el libro mencionado antes sobre "Formación de Dirigentes" –  básicamente relativo a directivos de empresa _ se contienen algunos puntos plenamente válidos y que quizás no es necesario transcribir por conocidos, sin embargo es curioso constatar como en la formación de  mandos de empresas se reconoce el papel de líder, del Jefe, si bien constatando a su vez que en la sociedad actual hay multitud de  organizamos creados para dificultar la labor a ese líder – Parlamentos, Consejos de Administración…- elaborándose también los sistemas para conseguir la aquiescencia de dichos organismos. Una gran diferencia entre el concepto capitalista del "Jefe" y nuestro "Führerprincip" (principio de caudillaje), la tenemos en que para la  mentalidad democrática el líder puede ser formado en una escuela de dirigentes, mientras que nosotros reconocemos que es precisa una  cualidad interna básica e innata.
Realmente el capitalismo crea sus líderes, líderes a la medida de sus  necesidades y efectivamente son prácticamente elegidos al azar, pero justamente eso es así porque les interesa que ese supuesto "líder" tenga   sólo la apariencia de tal, diferente de nuestro "Líder" que debe serlo  plenamente, debe dirigir y no ser dirigido.
Contrariamente es también común el error de pensar que el jefe "no se  hace, nace".  Esta afirmación tiene tanto de cierta como la anterior.  El jefe realmente nace, pero precisa de una educación.  En ejemplo muy  ilustrativo de Clausewitz, diremos que el jefe es el río y los conocimientos técnicos los afluentes. Uno y otros se complementas.Es posible que un jefe que nace, también por instinto se forme él mismo autodidácticamente, pero realmente un conocimiento adquirido y unas técnicas adecuadas pueden descubrir más fácilmente la personalidad de un  jefe. Las virtudes que deben tener los jefes son, en líneas generales, las   siguientes: Inteligencia y fuerza intelectual; voluntad fuerte y tenaz; actividad, dinamismo y trabajo; energía y, en caso necesario, audacia; sentimiento de responsabilidad; sentimiento del deber; preocupación por  el bien común; gran cultura general; capacidad organizativa, mando; capacidad administrativa, previsión; conocimientos generales de cosas muy diferentes del mismo ámbito; competencia en la especialidad propia; capacida física y mental; capacidad de relación social con hombres  diversos; altruismo; sinceridad; lealtad; rectitud; confianza en sí  mismo; optimismo; presencia física; seguridad ; valentía; independencia  de intereses o personas; comprensión; intransigencia; sugestión (simpatía, atracción ); serenidad ( flema ); alegría; ser reservado; espíritu de cooperación; ambición. Contrariamente los defectos de los que debe carecer, además de los que por se contrarios a las virtudes mencionadas ya se presuponga, son :Exigir mucho de los demás; tomarlo todo al pie de la letra; estar inclinado a generalizar; reaccionar ante todo; reaccionar coléricamente; intenso apasionamiento; capacidad de odio intenso; incapaz de olvidar  una injusticia; incapaz de mantener una actitud; ser socialmente indiferente; ser intratable; despertar malos sentimientos; ser  pesimista; dar demasiada importancia a problemas pequeños; no tener una  escala de valores definidos para ordenar cada cosa en su importancia;  ser desagradable en el trato.
De hecho de estar virtudes y defectos podría decirse en justicia que ni  son todas las que estás ni están todas las que son.  Se trata más bien  de una recopilación de lo que diversos autores han opinado sobre el  tema.  Con gusto añadiría o suprimiría de la lista, aquellas que se me  puedan indicar erróneas. Por ejemplo la presencia física me había pasado totalmente por alto,  pese a ser de importancia decisiva.  Fue Enrique Aynat quien con ocasión  de un conferencia en Valencia me hizo dar cuenta de la omisión.  León  Degrelle, por ejemplo, lleva en una maleta una americana sólo para el  momento de hablar.  Una vez acabado un acto se cambia de vestido.  Político como Adolfo Suarez han debido buena parte de su éxito a su  presencia física, pero incluso aquellos que poseen un mal aspecto, son  "arreglado" por maquilladores y sastres.  La presencia física tiene  ciertamente mucha importancia.
Personalmente pedí a varios camaradas que me conocían desde hacía  bastante años, que hiciesen una valoración mía según esas "virtudes" y  "defectos" del Jefe.  Yo mismo me punté también y otro camarada, recién  entrado en CEDADE, hizo igualmente su valoración.  El camarada nuevo,  -que indudablemente me conocía muy poco- , bien por ignorancia o por  respeto fue muy generoso en su puntuación, con un 7 en las virtudes y un  3 en los defectos.  Sin embargo los otros, incluido yo mismo,  coincidimos bastante en la puntuación, siendo más o menos de 7 en las  virtudes y 7 en los defectos.
Con un ligero saldo a favor tenía  indudablemente que reconocer que mis defectos anulaban mis virtudes. Creo que es interesante que cada cual se haga a sí mismo y a sus  mandos, una valoración privada según esas virtudes y defectos.  Ayuda  mucho a corregirse o a formarse, el tener una clara visión de la  situación personal.
Esto es tanto más interesante cuanto que hay determinadas virtudes, al  igual que determinados defectos, que si se hallan incorporados a la  manera de ser, al "estilo", de CEDADE.
No ha de extrañar que esto ocurra, pues personas que en un mundo  absolutamente hostil, confluyen desde diversos puntos a un mismo lugar,  han de tener necesariamente unas características comunes.  Ejemplo  plenamente manifiesto al respecto lo constituye un examen psicotécnico  realizado por tres destacados miembros de CEDADE en una misma empresa.  El resultado de los tres exámenes, realizados con considerable  diferencia de tiempo -años-, es sorprendentemente similar.  Junto a  algunos rasgos típicos de cada cual, se mencionaron en dicho informe  -que dicho sea de paso costó- 120.00 pesetas- diversas características  comunes a los tres y raras en otros compañeros de trabajo: tendencia a sentirse bien entre pequeño grupo (no espíritu de masa); serios e introvertidos; seguridad en sí mismos; ambición; capacidad al razonamiento abstracto; reflejos mentales; rigidez de espíritu    acentuada honradez; tenacidad; dotes de mando (tendencia al liderazgo autocrático, uno de ellos); facilidad numérica; sensibilidad muy acusada; capaces de prescindir del afecto de los demás. Es verdaderamente curioso observar que estas tres personas, de sexo y  edad diferentes, posean las tres "facilidad numérica" o "capacidad al razonamiento abstracto", lo cual puede tratarse de una casualidad o del  resultado de las otras características. Algunos problemas relacionados con la "Jefatura", tiene una especial  característica en CEDADE. Una de esas peculiaridades es la de que no se  posee ningún medio coactivo que pueda obligar a cumplir las órdenes. En las empresas la obediencia se basa en el sueldo y, eventualmente, en  el afán de ascenso.  En el Ejercito la obediencia se halla enmarcada por  sanciones a troche y moche.  Contrariamente en CEDADE la obediencia ha  de ser voluntaria, espontánea y sincera.  Esto hace que, unido a una  época anárquica como la actual y a la naturaleza de los españoles, la  disciplina brille más bien por su ausencia.  Las cualidades del Jefe en  CEDADE tienen que tener una gran parte de sicología.  Como muy bien me  decía hace poco nuestro Presidente Pedro Varela, sólo se puede ordenar a  la gente aquello que sabes de antemano que va a cumplir.  Se precisa  pues un sexto sentido o una gran sigología, para lograr la apariencia  externa de disciplina.
El problema que atraviesa CEDADE -como todos los partidos sin  excepción-, es la falta de mandos.  Poseemos muchos soldados, peor muy  pocos oficiales y jefes.  Es por ello que esa sicología de los mandos de  CEDADE, deban emplearse en saber elegir bien a los futuros militantes. Ante todo nuevo militante se presentan los tres grados clásicos para su  incorporación a la lucha: integración, actuación y participación.  Es  necesario cuidar con más interés a aquellos futuros miembros de los que  podamos sospechar que en el futuro puedan ser mando.  Ello lo hemos de  hacer incluso cuando esos futuros mandos, nos desplacen a nosotros.  En  la actualidad el militante se integra más que lo integramos.  Igualmente su actuación es casi siempre por iniciativa propia e,  indudablemente, la participación parte de él en la mayoría de ocasiones. Evidentemente el sistema capitalista, o las estructuras empresariales,  cuentan con dos factores de los que carecemos: el dinero y el halago.  Dos armas muy importantes para controlar a los subalternos o impresionar  a los superiores.  No pudiendo utilizar ninguna de ambas, es realmente  difícil lograr una cohesión y cuando se logra ello es indudablemente una  virtud del jefe.
En CEDADE nos encontramos ahora en un momento de transición que trae  consigo graves problemas organizativos.  Hasta ahora éramos demasiado  pocos para tener que integrarnos en un esquema organizativo  perfectamente estructurado.  Ahora, sin embargo no somos todavía los  suficientes, pero somos demasiados como para continuar como hasta ahora,  con un sistema simple de responsabilidad y funciones otorgados oralmente  sobre la marcha y cambiadas en poco tiempo.
A este constante cambio de mando y funciones, contribuye en buen manera  el hecho de que una parte de la militancia es "flotante".  Viene a  CEDADE a cumplir una especie de servicio militar y se marcha al cabo de  unos pocos meses o años.  Sin embargo, constatando este hecho, se  precisa la estructura adecuada para minimizar su aspecto negativo y  convertirlo en positivo.  Todo ello lleva a carecer de una estrategia definida.  Ello resulta  imposible ya que todo plan estratégico requiere una proyección a varios  años vista y ello es prácticamente imposible cuando las piezas claves de  esas estrategias cambian o abandonas CEDADE. sean determinantes dentro de un plan general.  El hecho de contar con un  buen diseñador gráfico ha influenciado en buena manera el aspecto  exterior de CEDADE.  Si en lugar de un diseñador hubiésemos dispuesto de  un diseñador de carteles, ello se habría notado igualmente.  En una  empresa una persona que cesa es sustituida por otra, pero aquí se está  al arbitrio de lo que "venga", que debe ser aprovechado una vez viene y  sobre la marcha.
Igualmente constituye una dificultad importante para todo mando,  delegado etc. el conciliar la convivencia de personas de la tercera  edad, junto a hombres maduros y jóvenes de 15 años.  Todo ello requiere  unas virtudes my difíciles de alcanzar, por lo que, habitualmente, el  círculo de personas que rodea a un determinado mando, es similar a su  propia edad, lo cual es indudablemente un fracaso.
El Jefe debe tener, como he dicho, una profunda sicología.  12 puntos  básicos son enumerados en el libro de Campoy y conviene relacionarlos  con todo detalle:
"1. El hombre es una unidad psicológica.
"2. Existen grandes diferencias entre las personas.  todo individuodebe ser tratado con arreglo a sus personalidad.
"3. La conducta del hombre no es lógica, sino psicológica.
"4. Toda persona tiende a conservar su integridad física y su vida.
"5. Toda persona tiende a conservar su integridad moral y su estimación.
"6. Toda persona tiende a la agrupación.
"7. Toda persona tiende a repetir aquello que ha tenido éxito.
"8. Existe una gran resistencia a los cambios.
"9. Existe una repulsión por las situaciones que no permiten un cierta libertad de acción al individuo y por las que la permiten en exceso.
"10. Todo los juicios de las personas tienen carácter comparativo.
"11. hay una tendencia a terminar las tareas comenzadas.
"12. Existe una necesidad de conocer los resultados de la propia situación. "
Quizás habría que discrepar el punto 6 pues realmente, en los últimos  años, la tendencia a la asociación se ha perdido en un cada vez más  creciente individualismo en todos los órdenes.  Esa tendencia abstracta  a la asociación sigue existiendo es situaciones especiales, cuando el  hombre solo siente miedo y precisa de estar integrado en una unidad  mayor, pero los medios modernos de propaganda y especialmente la  televisión, han logrado plenamente matar ese instinto.
Como punto suplementario añadiría una que dijese que "toda persona es  sensible al halago".  Es verdaderamente difícil encontrar una persona  que pueda opinar sobre otra, sin que influyan en esta opinión la actitud  y pensamiento de esa persona en cuestión con relación a él.  Se tiende a  simpatizar con el que nos halaga y a sentir poco entusiasmo hacia quien  nos critica.
Esos 12 (con el último, 13) puntos de sicología aplicada, hay que  conocerlos, tanto para poder tratar a los demás, como para corregir  aquellos que pueden
ser defectos en un mando.
Para terminar con este apartado, y dentro de las necesidades de CEDADE,  hay que mencionar una vez más, que el espíritu jerárquico no significa  autocrático.  La jerarquía distribuye responsabilidades no órdenes.  Da  a cada cual un ámbito de actuación.  Todo control obsesivo sobre los  subalternos acaba por hacerles perder el interés por el trabajo.  En las  empresas puede constatarse plenamente que personas de una gran eficacia  la pierden al recortarles sus responsabilidades y al tener ingerencias  de sus superiores en asuntos de su competencia.
En las empresas esas personas dejen de rendir al haber matado su  interés, pero continúan pues están sujetas por un sueldo y quizás, con  un cambio de jefes, puede despertarse de nuevo su entusiasmo.  En CEDADE  esas personas marchan y muchas veces los mandos no llegan a enterarse de  los motivos que las llevaron a irse y que, de haberlos conocido, podrían  hacerse subsanado.
En cierto modo el sistema democrático tiene un interés y un aplicación.  En pequeño grupo puede ser útil, especialmente cuando se trata de tomar  resoluciones que afectan directamente a las personas.  Así por ejemplo  antes de imponer un mando sobre unos militantes, debe conocerse la  opinión de éstos. El mejor líder del mundo sería ineficaz entre personas  que de buen principio le rechazan.
Al igual que marchando un grupo por un camino es lógico que se consulte  la opinión de todos antes de tomar una u otra dirección, así aquellos  problemas que afectan a todos, tienen que resolverse conociendo la  opinión de la mayoría.  La mayoría no debe decidir, pero debe respetarse  su opinión. Es
importante discutir algunos problemas con personas cuya opinión puede ser estimable.  Escuchar las diversas opiniones y, sin intervenir, observar las actitudes de cada cual.  Al término de la discusión podrá  tomarse una postura mucho mejor nacida del conjunto de ideas de todos. Lo que no debe hacer el Jefe es participar de la discusión, pero si  escucharla para poder actuar con el mejor provecho.
Igualmente hay que hacer caso de la mayoría cuando, sin excepción, se  queja de una actitud o de una situación.  Cuando todos o una gran parte, repiten exactamente lo mismo, habrá que pensar que tienen razón.  Sin  embargo en esos casos hay que tener mucho cuidado de que realmente sea  la opinión de la mayoría y no la de unos pocos que gritan más que los  otros y que procuran dar la sensación de número.
ORATORIA
A lo largo de la historia -de la más reciente- ha habido diversas  personas que han cobrado fama por su facilidad como oradores.  De 1900  hasta 1940, fueron los oradores la base y fundamento de toda acción  política.   Hitler en "Mein Kampf", deja claro que los oradores son los  que arrastran a la masas y no los escritores.  Todas las observaciones  de Hitler al respecto son tremendamente ciertas, sin embargo, casual o  premeditadamente, los tiempos cambian.  Hombres como Lerroux, Hitler o Degrele, podrían llegar a tener un poder  enorme por medio de su simple palabra, de al tremendamente barato y que  no podía prohibirse -aunque a Hitler se le llegó a prohibir-.  Cualquier  persona podía convertirse en un peligro y ello tenía que se remediado. La televisión iba a sustituir con ventaja a la oratoria.  Es importante  es constatación porque muchos camaradas que están tentados a pensar que  el "Mi Lucha" es un libro plenamente actual, han de tener en cuenta que  trasladar a nuestra época las consideraciones de Hitler sería erróneo.
No voy a pretender tampoco tener yo la clave de la "oratoria hoy",  puedo, cuando menos, afirmar que he procurado estudiar el problema con  detenimiento.Se ha dicho de mí en ocasiones, que soy un buen orador.  El camarada  Otto Skorzeny llegó a decir después de un mitin en el que intervine que puedo ser buen orador dentro de CEDADE, pero disto mucho  de ser lo que realmente puede calificarse de "buen orador".  Ello no  no es  falsa modestia, sino el resultado de mis estudios sobre el tema, sobre ello volveremos luego.  Lo que es importante constatar es la diferencia existente entre los años
30 y la actualidad.  En aquella época, tanto en alemania como en spaña, no existía la televisión, y la radio era un lujo.  Millones de parados, verdaderamente arruinados, no podían hacer otra cosa que quedarse en la  mísera habitación que poseían o salir a la calle.  Los parados de los   años treinta estaban en la calle y no como ahora en sus casa, cuando no  eran en los bares.
Esos millones de parados, preocupado por su existencia física, por la  comida del día siguiente, eran el público que llenaba los grandes  locales.  Hitler, como Degrelle, cobraban entrada en sus mítines.  Eso era realmente insólito y tanto más en su tiempo, pero lo normal era   poder estar 4 ó 5 horas gratis, escuchando un mitin.  Si esto ocurría en  España, imaginemos a alemania o Inglaterra en pleno invierno.
Los oradores, esos grandes oradores, muy pocos, hablaban tres, cuatro y  hasta cinco horas seguidas, pero ahora la situación ha cambiado.
Realmente cinco horas seguidas es imposible encontrarlas libres en un  mundo tiranizado por la falta de tiempo. La gente que llena los mítines hoy no son obreros parados preocupados por su comida,  De hecho los parados de hoy no tienen en general  problemas de comida, pero además no son los que llenan los mítines.  La  gente que llena los mítines son los aficionados a la política, gente en  cierto modo culta o por lo menos entendida en el tema del que se  diserta.  La gente que asiste a los mítines va a divertirse, a pasar un  rato divertido, a gritar un poco y a aplaudir frenéticamente las mejores  frases.  Por ello realmente hay que proporcionarles esa diversión.  No  podemos ser graves y taciturnos, el público de los mítines va a estos  actos un poco como "esparcimiento" y no volverá a menudo si le sembramos  el porvenir de negros presagios.
Como he dicho, la primera vez que me escuchó Skorzeny dijo que era un  doctor Goebbels, mientas que la siguiente, afirmó que era un orador  malísimo.  Por qué? Le escribí preguntándole el motivo de este cambio de  opinión, pero lamentablemente falleció antes de que pudiésemos hablar  extensamente sobre el tema, sin embargo, pude analizar personalmente  ambos actos y con lo que me había dicho Skorzeny, encontré la  explicación.
El primer acto había sido la fundación de CEDADE en Madrid.  Tuve la  suerte de que en la sala de hallaban presentes los recién "expulsados"  diplomáticos de la china nacionalista.  Una alusión a ellos levantó una  ovación y "caldeo" un acto que discurría hacia la monotonía y el  aburrimiento.
Sin embargo en este acto yo hablé de ideología, de  socialismo, dije realmente algo, y aunque el público se limitó a  aplaudir los aspectos menos profundos, se sintió unido al conjunto del  Poco a poco la mayoría de los asistentes a nuestro actos dejaban de ser  gente mayor para estar llena la sala de jóvenes.  Las frases que  aplaudía la gente no eran ya la alusión despectiva al vaticano, o alguna  referencia al 18 de julio, sino temas como la banca, el sionismo, etc.
Habíamos seguido el buen camino, gracias en parte a las recomendaciones de Skorzeny.  No basto con arrastrar a las masas, sino que hay que  arrastrarlas hacia alguna parte.  La fácil demagogia oratoria, puede  llevar a que sean las masas las que re arrastren a ti, como nos había  ocurrido los primeros tiempos.  Mirando el público, sabía de lo que  tenías que hablar. ocurrido los primeros tiempos.
De toda esta experiencia de años, y de haber hablado con los mejores  oradores que he podido y haber escuchado al resto, creo que en la  actualidad la oratoria tiene un carácter diferente de la de los años 30.  Lo importante no es lo que se dice, quien lo dice, a quién, por qué y  cuando lo dice, sino que lo determinante es "como lo dice".  es decisiva  la forma de decir las cosas y para ello cre que debe servir de magnífica  norma el más depurado humor inglés.  Jerome K. Jerome y Wodehause, son dos autores para leer todo aquellos  que quieran ser oradores.  Este tipo de humor siempre se ha  caracterizado por basarse en la forma de decir las cosas.  Las mismas  cosas dichas de otra forma, carecerían de interés.
Al empezar un mitin, creo que n Valencia, dije de buen principio más o  menos: "A mi me toca hablar de la democracia, es decir, la mía no es una  conferencia seria".  Ello despertó risas y los aplauso, por dos motivos:  Por inesperado (lo inesperado produce hilaridad) y por la forma de  decirlo.  Si hubiese dicho que la democracia no era seria, ello no  habría sorprendido a nadie.
A diferencia de lo que dice Hitler, creo que los mítines actuales tienen  que tener una duración máxima de tres cuartos de hora por orador y dos  horas máximo el conjunto.  Puede extenderse un solo orador durante una  hora o máximo hora y media, pero basto mirar al público para darse  cuente de que, pro interesado que esté en el asunto, empieza a estar  cansado.  Un portentoso orador, al igual que un genial director de cine,  quizá pueda extenderse más tiempo, pero constituirá la excepción a la  regla general.
El orador actual, además ha de ser muy versátil. Debe saber hablar en  forma diferente a públicos diferentes o en lugares diferentes.  De los  grandes oradores del pasado, muy poco lo lograban.  En general el orador  es considerado como el que habla a las masa y basta.
En la actualidad la técnica de la oratoria tiene en la gran sala de  mítines, sólo un parte, y pequeña, de lo que la oratoria debe ser.  Se  ha de saber hablar en la radio, en una universidad, en una fábrica, en  la televisión, en la calle, en el trabajo… A este respecto la lectura  de los primeros discursos de Hitler en 1933 es prácticamente  obligatoria.  Hitler habla de las SA, a la masa del pueblo en el Palacio  de Deportes, al Parlamento en el Reichstag y a un círculo restringido de  autoridades, y en las cuatro ocasiones expone las mismas cosas pero en  forma absolutamente distinta.  Esos cuatro discursos constituyen un  ejemplo de lo indicado.
 COMO PREPARAR UN DISCURSO.
Antes de empezar a hablar en público procure hablar con algunos oradores  famosos.  Pude hablar del tema especialmente con Jesús Suevos, un hombre  sorprendente que hablaba y escribía muy bien, fenómeno poco usual.  No  puede hablar sobre el tema con Blas Piñar, pero asistí a diversos actos  de este genial orador.  También asistí a algunos de Jiménez de Parga que  en esa tiempo era el hombre de "izquierdas" que tenía mayor poder de  convocatoria .  También hablé con León Degrelle sobre como preparar un  discurso.
Para mí Jesús Suevos era el orador más inteligente de la política  española, sabía ser claro y sobre todo profundo.  Blas Piñar es muy  "italianizante" es sus mítines.  Más que un orador es un actor, pero  realmente es el orador adecuado al público que asiste a sus actos.  Su  forma de hablar, si papel ni notas, es sorprendente.  Construye las  frases con absoluta corrección y da la impresión de estar leyendo.  Jiménez de Praga, era un orador gris, pero que en una sala llena de  policías y falangistas esperando el momento oportuno, hacía unas  críticas durísimas logrando que las autoridades no se percatasen de  ellas, aunque lamentablemente sus seguidores, como puede comprobar,  tampoco, limitándose a aplaudirle en algunos momento de escaso interés. Jesús Suevos me dijo que para se orador había que hablar,  constantemente, no para, permanentemente y a todas horas y que luego era  cuestión de subir al estrado y zás.  Lo mismo me dijo León Degrelle.  Según él basto con empezar a hablar y seguir durante el rato que  convenga.  Indudablemente parece este el mismo procedimiento de Blas  Piñar, mientras que Hitler, por lo que he leído, dictaba a sus  secretarias los discurso el día anterior a la fecha en cuestión, y tal  como se lo escribían directamente a máquina, los leía en las sesiones  del Reichstag.  Sus colaboradores decían que esos discurso estaban  llenos de alusiones a temas había tratado con ellos durante la semana  anterior, es decir, lo que me había indicado Jesús Suevos.  Además el 80  por ciento de los discursos de Adolf Hitler eran improvisados.  Dictaba  lo que había de dar en el Reichstag y que podían tener trascendencia  política internacional, una vez ya en el poder.
El análisis de todo esto me ha llevado a la afirmación de que yo no soy  en absoluto buen orador.  Yo tengo que preparar mis discursos y además  tengo ciertas limitaciones.  Como máximo podría dar uno cada tres mese, toda vez que me resulta muy molesto repetirme.  Especialmente cuando se  trata de ironías o salidas graciosas, la repetición me daría la  sensación de ser un actor y no un orador.
Estos grandes oradores, por lo que se ve, no precisan preparación  alguna.  Ocasionalmente Hitler llevaba durante sus campañas electorales, un papel en la mano con algunas anotaciones, pero en todo caso creo que  para aquellos que no somos superdotados, es precisa una preparación.
Lo primero es elegir el tema general.  Se puede elegir un máximo de  cuatro o cinco temas bastante diferentes entre sí.  Un discurso de una  hora no da para más.  Imaginemos que el tema elegido para el mitin es  "LA DEMOCRACIA".  Lo dividimos en cuatro temas, que podrían se IGUALDAD, LIBERTAD, FRATERNIDAD, PAZ.  Esos temas lo podemos subdividir en otro subtemas, IGUALDAD: de sexos, de razas, de creencias, etc.  LIBERTAD, de , de trabajo, de  pensamiento.  FRATERNIDAD, entre los pueblos, entre las razas, entre las  ideologías.  PAZ, entre las naciones, los bloques, etc.  Dentro de cada  subapartado podemos poner indicaciones marginales.  En la página  siguiente voy a indicar en forma de esquema una forma de presentarlo. En ese papel inicial en que indicamos los temas, podemos hacer cuantas  anotaciones queramos, pero lo que no hacerse es a última hora, hacerlo  de nuevo, en limpio, porque mientras hablemos no nos acordaremos  absolutamente de nada.  Si conservamos el papel original, la memoria  fotográfica, recuerda los tonos diferentes de las anotaciones en los  lados, etc.  Hacerlo de nuevo obliga a llevarlo en la mano y consultarlo  periódicamente.
Hay que tener presente que pese a los mejores deseos, nos olvidaremos de  cosas importantes y que, aún teniendo el papel en las manos, no  encontraremos momento para mirarlo, pues esas décimas de segundo  necesarias parecen siglos cuando todo el mundo está exclusivamente  pendiente de uno. Igualmente hay que tener en cuanta que si preparamos  un discurso de una hora, la duración real en el mitin será como máximo  de la mitad.
No hace falta decir que con el tiempo y la experiencia todas estas                                 dificultades van siendo vencidas, pero los que han dado alguna  conferencia o discurso, saben que eso pasa exactamente así. El esquema de un discurso, según lo indicado antes podría ser:
IGUALDAD
sexos
En el trabajo
En la familia
En la política.
de raza
Gitanos
Negros
Judíos
Arabes
de creencias.
etc.
 LIBERTAD

marchar al extranjero
marchar a otra provincia
cambiar de piso
de trabajo
etc.
Y así sucesivamente.  Este esquema quedará memorizado rápidamente.  Lo aprendérselo de memoria, pues si surge algún inconveniente y debe uno  terminar antes de los previsto o extenderse más tiempo, le será  imposible.  Le ocurrirá como esos "cicerones" de las catedrales que se  conocen la explicación de carretilla y que cuando son interrumpidos para  preguntarles la hora, deben empezar desde el principio para continuar en  el lugar eaxácto.
Con ocasión de un acto celebrado en Barcelona, yo pedí que no se me  colocase en último lugar pues no quería llevar el peso del mitin, ya que  era un acto conjunto entre varios grupos.  había previsto cuatro  oradores principales, pero en el momento de actuar sólo apareció uno y  yo mismo.  El otro que debía hablar el último, me pidió cambiar el  orden.  Yo había previsto un discurso ideológico dejando para él la  parte "mitinera".  Pero al tener que cambiar de orden, y especialmente al hacer intervenido él antes que yo con un discurso muy bien preparado  e ingenioso, no me quedó más remedio que cambiar totalmente el orden de  lo que pensaba decir, así como la manera de decirlo.  Aquel fue también  un acto memorable porque igual que he comentado antes, fue un acto en el  que se dijeron cosas, un acto con contenido.  Quizás la falta de  oradores fue el mayor éxito.  Sin embargo el orador que me procedía, que  como he dicho, dio un discurso admirable, lo llevaba escrito y no tenía  más remedio que seguir el texto, lo cual debe evitarse.
COMO DAR UN DISCURSO
Hay algunos aspectos externos que tiene para mí indudable importancia.  Es fundamental no lee y, en la medida de lo posible, no llevar notas en  la mano.  Si queremos llevarlas las podemos dejar en un bolsillo por si  hemos de recurrir a ellas o, incluir alguna cita contextual larga y  aprovechar la ocasión para llevar anotaciones en dicha cita.  Hemos de  llevar los bolsillos vacíos o hacer, como Degrelle -mencionado antes- ,  que lleva una americana solo para el mitin.  Si llevamos algo en los  bolsillos con el movimiento lógico del discurso puedo uno, entre la  calderrrilla y las llaves, parecerse a un trineo con sus peculiares  campanitas. hay que evitar balancearse.  Esto es tanto más importante cuando detrás  del orador hay algún símbolo muy contrastado, -blanco sobre rojo, por  por  ejemplo-, que va emergiendo por la derecha y la izquierda de la cabeza  del orador.  Tampoco conviene mucho de un lado al otro.  Hay que  disponer de un estrado sin nadie ni nada.
  Tampoco conviene mucho de un lado al otro.  Hay que  disponer de un estrado sin nadie ni nada.  Creo que nunca lo he  conseguido pero insisto en ello.
Sobre el estrado, sin arreglatorio, ni  botella, ni mesa barroca, etc. debe estar únicamente el orador, sin nada  en las manos, y empezar a hablar como lo estaría haciendo en su casa. Equivocarse, tartamudear, confundirse, etc., no tiene mayor  importancia.  Al contrario, da la sensación de una conversación normal,  siempre que uno no se vea nervioso o confundido.  Si nos equivocamos no  hemos de preocupar, pues la mayoría de gente apenas se da cuenta.  No  hemos de cometer el error de decir "mocasines" en lugar de "adoquines"  y, llamar nosotros mismos la atención sobre ello, diciendo el clásico,  "perdón, queríamos decir…", pues entonces todo el mundo ríe, mientras que nadie lo hará si continuamos.
En ocasiones, cuando se ven movimientos en la sala, comentarios entre  varios, señales, cuando entra la policía, etc., uno pierde el hilo de lo  que decía.
Nunca ha de pararse.  Ha de salvar el trance hablando sin  decir nada durante el tiempo que convenga hasta coger el hilo de lo que  se decía, lo cual a veces no es nada fácil. Frases como, "es indudable  que en todo caso hay que ser conscientes de que los problemas exigen una  solución adecuada a la naturaleza de los mismo, pues corresponde a la  naturaleza de casa cosa una igual correspondencia en su resolución, otra  forma de actuar contribuiría a confundir la forma de concebir las  soluciones de aquellos aspectos más transcendentes…" y con cualquier  frase de puente, podemos volver al camino original. Quizás los más observadores podrán notar algo raro en el transcurso de  la incoherente frase, pero es que realmente aunque para nosotros parezca  que ha pasado mucho tiempo, la gente presente en las sala, no se ha  percatado pues en conjunto se ha tratado de segundos.
Es importante elegir bien la hora.  Que no coincida con partidos de  fútbol retrasmitidos por televisión, ni con actos similares de signo  parecido.  La 7 u 8 de la noche es una hora habitualmente buena en  España.  La sala ha de ser cuidadosamente elegida y decorada.  Es  preferible una sala pequeña atestada que una enorme, con más gente que  la otra, pero que se vea vacía.  El último acto en Barcelona después de  salir yo de la cárcel, resultó un fracaso por la elección de una sala  enorme.
No hay que mirar a un solo punto de la sala, y menos a la mesa o al  techo.  hay que ir cambiando la vista de lugar, mirando por igual a las  primeras filas que a las últimas.  Unicamente resulta un poco forzado mirar a un segundo piso si lo hay. Pero nunca hay que tener la vista  fija.  No hay que hablar rápido.  Siempre mantener la calma e ir  pensando en ello para no "dispararse", así se dispone de más tiempo para  pensar.
Darse cuenta de cuando el público está cansado.  En ese momento hay que  caminar ya hacia el final del acto, procurando decir lo más importante  de lo que nos queda en el tintero.  Los brazos deben ayudar a la  expresión, pero sin exageración.  Hay que estar atento de lo que pasa en  la sala y a las mínimas expresiones del público.  Siempre hay en la sala  en que va asistiendo con la cabeza, o negando.  "El orador tiene el  auditorio al cual se dirige un punto permanente de referencia -escribe  Hitler-, siempre que sepa leer en la expresión de sus oyentes hasta qué  puntos éstos son capaces de seguirle y comprender sus ideas".  ha de  estar pendiente de todo lo que ocurre y hacer los oportunos comentarios  en los momentos precisos,  aunque sean totalmente fuera de texto  previsto.
 QUE DECIR EN UN DISCURSO
Lo profundo da categoría y lo divertido llena.  Creo que lo ideal es  ser siempre profundo y divertido. En general los mítines organizados por un partido, se llenan con  simpatizantes de ese partido.  No hace falta pues preocuparse de aclarar  algunos puntos que para la gente de la calle estrían oscuros, sin  embargo hay que ser claro y sencillo en la exposición. Hitler dice que si el orador "nota que sus oyentes no parecen hallarse  convencidos de la veracidad de lo expuesto, optará por repetir lo mismo  cuantas veces sea necesario, siempre en forma de nuevos ejemplos, refutando las objeciones que, sin serle hechas, capta él del auditorio y  las replica y desmenuza hasta que, en definitiva, el último sector de la  oposición revele a través de su actitud haber capitulado ante la lógica  argumentación del orador". Esto tiene ahora relativamente poca importancia en los mítines pues,  como queda dicho, se llena de correligionarios.
Siempre hay que pensar  en esa 5, 10 o 100 personas que no nos conocen y a ellas hay que dirigir  una parte de nuestra rgumentación, pero realmente la necesidad indicada  por Hitler ahora la tenemos raspasada a la televisión o al parlamente,  toda vez que los debates parlamentarios son retrasmitidos por  televisión.
En este caso hay la indudable dificultad de que no puede verse al  público.  Cuando la "oposición" va a un mitin que no es de los suyos,  solo lleva intensiones destructivas.
Como he dicho antes, lo importante es la forma de decir las cosas, más  que las cosas en sí.  Hay que utilizar ejemplos muy gráficos,  independientemente de que sean adecuados o no.  si queremos justificar  la conveniencia de ir poco a poco y paso a paso, sin grandes accione  espectaculares. Cuanto más multitudinario es un acto, tanto más generales han de ser  las ideas.
Lo importante pese a todo, es la forma de decir las cosas.  Hay que  procurar evitar el hablar como en las sinfonías clásicas que veinte  compases antes de terminar ya se adivina el final.  Hay que salir sino  con ideas nuevas, con formas nuevas de presentar esas ideas.  hemos de mencionar también la importancia de impostación de la voz.  Es  imposible por escrito matizar este extremo, pero indudablemente a cada  situación corresponde una peculiar impostación.  Incluso, en los  ejemplos sonoros que acostumbro a poner al dar el mana de la oratoria,  siempre destaco un discurso de Hitler en el cual logra el aplauso  general, únicamente por la impostación adecuada. Por último señalaré los puntos que Le Bon considera básicos para un  "agitador", "la afirmación, la repetición yel contagio.  la simple  afirmación, limpia de razonamientos y de prueba, es uno de los más  seguros medios de inculcar las ideas en el espíritu de las muchedumbres.
Cuando una afirmación se ha repetido suficientemente y hay unanimidad en  la repetición, fórmase lo que se llama una corriente de opinión, dando  lugar a que surja el poderoso mecanismo del contagio".
HITLER ORADOR
La simple audición, si entenderlo, de un discurso de Hitler y otro de Goebbels, nos demuestra que este último era mejor orador.  Eso, evidentemente, es abstracto, sin embargo en la práctica, Hitler unía a   su natural talento en la oratoria, un singular personal indescifrable, magnética.  Lo que llamamos carisma.
 Resulta pues adecuado apuntar algunos rasgos típicos de los discursos   de Hitler, pues resultan muy valiosos. tal como dice Le Bon, una de las características de la oratoria de  Hitler la hallamos en las afirmaciones categóricas.  En muchas ocasiones  hallamos esas afirmaciones, sin embargo, cuando el tema en cuestión   contiene alguna complicación, -economía, fenómenos históricos, etc.-, sigue invariablemente a esta afirmación, una serie de detallados y  clarísimos ejemplos, que dejan tan claramente expuesto el problema que es innecesaria explicación posterior.  No hay nada más claro para  entender la economía que los pocos discursos que Hitler dio sobre el  tema.  Son trasparentes como el cristal.
También, en el más puro estilo de Le Bon, Hitler utiliza las  repeticiones.  A lo largo de cada discurso pueden destacarse dos o tres  temas principales, y desde diversos puntos vuelve una y otra vez sobre  ellos, pero en una forma amena y sencilla.
La característica más remarcable de Hitler es posiblemente la  adaptación al auditorio, como ya he mencionado antes.  Le bastaba una  simple mirada para sentirse parte del auditorio y dialogar con ellos con  toda sencillez o con toda gravedad.
Otra de las características de los discursos de Hitler, es la  utilización del diálogo en el discurso.  esta forma era muy habitual en  él y se logra con ella un efecto de claridad y sencillez muy adecuado.
"Son otros muchos los que dicen : "Piense Ud. en que todo pesa sobre las espaldas de los jóvenes".  Pues pueden sentirse orgullosos de pasar por  esa escuela!".  Este fragmento de discurso, elegido al azar, muestra una  forma muy peculiar y habitual de Hitler en su oratoria que, repito,  produce un efecto muy cordial, de familiaridad.
A través de esos diálogos, consigue Hitler exponer ideas muy profundas  en forma muy sencilla. También es normal en Hitler la puntualización de soluciones o de  problemas a través de primero, segundo, tercero, etc. Y en general sus  discursos cuentan con una parte inicial histórica, evocando los primeros  tiempos de lucha, para pasar luego a los temas del momento.  En general  este hecho se explica porque casi siempre tomaba la palabra en  conmemoraciones de hechos del partido.
La idea de Hitler de que debía empezarse en forma moderada, casi  rutinaria, con la voz monótona durante una hora, para pasar en la  siguiente a actitudes combativas, continuar en la tercera en igual forma  y volver en la cuarta hora al período inicial, no tiene a mi entender  muchas posibilidades de éxito hoy día.  Al contrario, soy de la opinión  de que lo que conviene es actuar justamente a la inversa, contando con  el entusiasmo del público desde el primer momento.  Siempre hay alguien  entre los espectadores dispuesto a aplaudir en un momento oportuno, en  ocasiones una especie de "clacla" puede arrastrar al público.  El  aplauso difícil es el primero, por ello conviene evitar que con un largo  prólogo inicial el público de amodorre.

CONCLUSION
Es definitiva cuando se carece de las virtudes innatas de los grandes  oradores, que en definitiva no son demasiados a lo largo de la historia, hay que prepararse meticulosamente para la actuación en público.  No hay  realmente sistemas patentados, y por ello cada cual sobre la marcha puede ir logrando la "técnica" adecuada.  Yo he expuesto aquí algunos  puntos básicos debido a mi experiencia, pero hay que tener en cuenta que  cuando me hallaba en el colegio, prefería que castigasen que salir a  hablar en público.  Sólo a base de voluntad logré tomar la palabra sin  dificultad en cualquier acto.
Los mítines tienen el gran inconveniente de que han de ser "éxitos". No pueden resolverse como uno quiera sino como quiera el público.  En una conferencia en la que se trata de exponer un tema, es conveniente  también tratar de hacerla amena a base de anécdotas o comentarios  ingeniosos, pero no es obligatorio.  Si la gente se cansa, que se canse  y si se va, que se vaya.  El objetivo de una conferencia es formar a una  gente que se supone va con esa intención, pero en un mitin el público  espera pasarlo bien y debe conseguirse que salga con una moral de lucha.
 Eso es lo importante, lo demás carece de interés. Por ello a mí que no me resulta ningún problema hablar durante una hora  sobre cualquier tema en plan de conferencia, me es verdaderamente  molesto un mitin, pues, como digo, cada uno debe superar al anterior.  Hay que prepararlos concienzudamente y tener presente que siempre se  puede seguir aprendiendo.  Es preciso asistir a los mítines de los que  tengan más fama de buenos oradores para seguir aprendiendo siempre. Cuando Tarradellas volvió del exilio en medio de una campaña  multitudinaria preparada por todos los partidos en liza , sus palabras:  "ja soc aquí" (ya estoy aquí) constituyen una de las genialidades  oratorias más inteligentes de los últimos tiempos.  Esa simple frase  -ignoro si escogida por él o pro un equipo de publicidad- , fue más  elocuente que todo un largo discurso.
En un acto en Valencia nuestro presidente Pedro Varela utilizó un  sistema muy útil para un mitin.  Aunque no recuerdo bien los temas, fue  queríamos.  "El capitalismo quiere un obrero …, nosotros en cambio  queremos un obrero…".  Esto fue de gran efecto pues el aplauso era  obligado al término de cada comparación.  Yo utilicé ese mismo sistema  en un mitin mío en Madrid con igual éxito.
El que quiere ser orador -y todo mando de CEDADE lo ha de ser, mejor o  peor-, debe asistir a mítines, propios o extraños, desde un punto de  vista pedagógico, observando aquello pasajes que causan más impacto en  el público y los motivos por los que esto ocurre.
En un mitin dado por Jesús Suevos en Barcelona, la parte más notable  tuvo lugar cuando dijo la frase: "En Yalta se reunieron Churchill,  Roosevelt, Stalin… tres criminales de guerra".  Lo lógico es que esta  frase hubiese sido pronunciada en forma de crescendo hasta convertirse  en grito al llamarles criminales de guerra. Suevos hizo exactamente lo  contrario.  Empezó a un nivel normal, y fue bajando paulatinamente hasta llegar casi a un susurro.
Nadie esperaba por su tono de voz que fuese a  llamar criminales de guerra a los tres grandes, especialmente si tenemos  en cuenta que en la sala se hallaban presentes todas las autoridades  civiles y militares.  Creo que puede calificarse de genial esta forma  elegida, pues evidentemente contrastó plenamente su voz casi apagada con  el estruendoso aplauso que la siguió.
No hay pues sistemas "estáticos", y siempre conviene ir aprendiendo,  así como saber en todo momento cual es el objetivo a conseguir en cada  acto.
Cuando el famoso acto de Madrid en el cual la prensa en pleno  abandonó ostensiblemente la sala molesta por mis alusiones, el público  quedó entusiasmado del acto, de mi improvisación y de mi sangre fría,  pero realmente cometí un grave error.  Tenía ante mí a toda la prensa  española, a los más destacados periodistas y de hecho el mitin, en  detrimento del público debería habérselo dado todo a ellos.  Les tenía a  todos juntos y les podía convencer pues en lo que llevábamos de acto,  mirando sus rostros, podía ver que se lo estaban pasando bien.  Si por  ejemplo en un mitin vemos que hay una gran masa de gente ajena a  nosotros, hay que dirigirse preferentemente a ellos y procurar ver si  son obreros , estudiantes, etc. para enfocar el discurso en este  sentido.
Es indudable que la voz tiene una importancia muy grande, como ya he  dicho.  Se puede elevar el tono de la voz, se puede gritar, pero ha de  ser natural.
Hay algunos que creen que un mitin es dar una conferencia  a gritos y eso es falso.  Cuando escuchemos a Hitler debemos tener  presente que en alemania se habla así, es un idioma más duro y, por otro  lado, hemos de pensar que se ha perdido la costumbre.  Un "crescendo",  empezado débilmente y ulminando con toda la fuerza de nuestros  pulmones, puede ser de un gran efecto peto es preciso, primero que el  tema lo exija y , segundo, que lo logremos pues muy probablemente  tendremos que tomar aire antes de acabar la frase o llegaremos al final  sin haber alcanzado el punto máximo de la voz.  Sólo en unos pocos casos  Goebbels y Hitler logran la perfección al respecto.
ARTE DEL DIALOGO Y ENTREVISTAS
Mientras día a día me preocupa más intervenir en un mitin,  contrariamente en una emisora de radio o ante un público hostil, me  encuentro cada día más a gusto.
El orador, como ya he dicho, o más exactamente el saber hablar, es una  práctica que tiene varias facetas.  No podemos dominar un en detrimento  de las otras.  Hoy las necesidades políticas van más allá de los grandes  mítines y es por ello necesario, aplicar parte de lo dicho, a los  diálogos, entrevistas, etc. Lo primero que hay que tener en cuenta es que cuando en un diálogo en  la radio, en un colegio, etc., o en cualquier ambiente contrario, los  interlocutores o el público hagan sus preguntas, se limitarán siempre a  notorio que nuestros adversarios, particularmente sus oradores  controversistas -escribe Hitler- aparecían en escena con un "repertorio"  determinado y en el cual se repetían siempre los mimos argumentos contra  nuestros acertos", añadiendo que "en cada uno de los discursos, era  esencial orientarse previamente acerca del probable contenido y la forma  de objeciones que podrían ser formuladas en el curso de la discusión,  para según eso analizarlas minuciosamente ya el propio discurso.  Convenía desde el comienzo mencionar las posibles impugnaciones del  adversario y demostrar su inconsistencia".
Estas observaciones siguen teniendo validez, pero más bien aplicadas a  las "conferencias" que a los mítines.  También tienen especial valor en  las entrevistas radiofónicas o televisivas.  En ese caso el público no  podrá hacer objeciones, pero las estará pensando y es preciso sacarlas a  colación en el propio discurso o diálogo.
Dice muy acertadamente Le Bon que "el arte de los gobernantes, como el  de los abogados, consiste en saber manejar las palabras .  Una de las  grandezas de este arte es que,  en una misma sociedad, las mismas  palabras tienen, por lo común, sentido muy diferente para las diversas  capas sociales".  Las palabras son muy importantes, especialmente cuando  por el uso quieren decir mucho más de lo que realmente dicen.  No se  puede decir ante un colegio Mayor que uno es "antidemócrata".  Se puede  razonar una postura antidemocrática, pero , pero sin mencionarlo  específicamente así.
Algo que hay que evitar en toda discusión, bien sea radiofónica o en  cualquier "mesa redonda", es ir al terreno del interlocutor.  Hay que  tener en cuanta que desde los licenciados en historia contemporánea, hasta los peones de tercera categoría, nadie tiene la más mínima idea de  la ideología nacionalsocialista. Cualquier militante de CEDADE, por poco  formado que esté, tiene las de ganar en cualquier debate.  Por ello el    interlocutor, cuando vea que está perdido, especialmente si es un buen locutor profesional, procurará llevarnos al tema que a él le interesa.  hemos de evitarlo a toda costa.  Si no queremos ir a su terreno, podemos  volver al que nos interese con cualquier excusa.  A la pregunta  formulada por un periodista "Que hay de los seis millones?" un camarada  contestó hablando sobre los seis millones… de parados.
Si de cualquier otra forma nos apartan del tema del que queremos hablar hemos de volver a él dejando de lado cualquier

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El barón rampante (Italo Calvino)

Una madre que sólo piensa en los cañones y las guerras, un padre anclado en el pasado más preocupado por los títulos nobiliarios que por su propia casa, una hermana convertida en monja por obligación y que desata su inconformismo preparando las comidas más grotescas, un cura con fuerte carácter pero que se queda en Babia y no se entera, un abogado silencioso harto de protocolos y por supuesto, Cosimo, un niño que se sube a un árbol y no tiene intención de bajarse nunca. Todas estas personalidades tan dispares se reúnen en una mesa para comer y es allí donde chocan y donde Cosimo toma su decisión, que llevará hasta las últimas consecuencias. Así empieza el primer capítulo de esta novela, un episodio sublime por su singular propuesta y su sentido del humor, y que sirve para embarcarnos en una novela de lo más original, y que funciona como metáfora sobre la vida en sus múltiples facetas.

Así, vemos cómo la obstinación de Cosimo llega hasta límites insospechados. Él mismo se ha auto impuesto una norma: va a vivir en los árboles para siempre. Es un gesto de rebeldía contra la imposición familiar, pero extensible a la sociedad en general. Se convierte en una forma de ver la vida desde cierta distancia, y desde allí arriba desafía al poder, a lo establecido, y con su propia idea de sociedad para los hombres. Poco a poco el lector acepta esta nueva vida, desde las más estrafalarias acciones, hasta la rutina diaria por sobrevivir lo mejor posible. En este sentido, el autor se encarga de que cada necesidad sea cubierta y de que no se encuentren lagunas en su relato debido a la dificultad de maniobra, físicamente hablando. Aunque en su mayor parte Cosimo es autosuficiente, no se negará a recibir ayuda externa. A raíz de esto, el tema de la soledad está muy presente en el libro. Nuestro protagonista sabe que aunque decidamos hacer la guerra por nuestra cuenta, no debemos separarnos de los demás o nos convertiremos en seres desdichados. Es más, Cosimo descubre que las asociaciones hacen al hombre más fuerte ante las adversidades y sacan lo mejor de él. Una vez metidos en la historia, y aunque todas estas limitaciones puedan suponer un problema, Calvino tiene mucho que contar y desborda imaginación en cada una de sus páginas.

Esta es la historia de una obstinación, pero la importancia de ser auténtico, de ser uno mismo y de mantener unos principios a pesar de las adversidades, es la esencia del libro, pero también de saber comprender a los demás, de ayudar, de no dejarse llevar por las primeras impresiones y del peligro del orgullo desmedido. Un libro fascinante que sirve de reflexión ante la vida.

Autor

Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba) y murió en 1985 en Siena (Italia). Creció en el seno de una familia de eminencias científicas, siendo la única oveja negra con tendencia a la artes. Después de probar suerte con el cine y las tiras cómicas, acabó por decantarse por la literatura. Tuvo una activa vida cultural y política en la que no faltó la aventura.

Inició su trayectoria como escritor en las filas del neorrealismo italiano. Con el paso del tiempo fue abandonando su costumbrismo y su compromiso ideológico para sumergirse, cada vez más hondamente, en lo fantástico y lo alegórico.

Entre sus obras más importantes destacan: “El sendero de los nidos de arañas” (1947), “Por último, el cuervo” (1949), “El vizconde demediado” (1952), “El barón rampante” (1957), “El caballero inexistente” (1959) y “Las ciudades invisibles” (1972)

Sinopsis

Cuando tenía doce años, Cosimo Piovasco, barón de Rondó, en un gesto de rebelión contra la tiranía familiar, se encaramó a una encina del parque de la casa paterna, anunciando su propósito de no bajarse nunca de los árboles. Desde entonces y hasta el final de su vida, Cosimo permanece fiel a una disciplina que él mismo se ha impuesto.

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Ventanas de Manhattan (Antonio Muñoz Molina)

Cuando yo visité Nueva York, en el verano de 1997, arrastrado por el ímpetu de Pilar, que fue capaz de vencer mi natural pereza hacia los viajes largos y consiguió hacerme cruzar el charco, me creía muy preparado por mi experiencia previa —muchas películas, bastantes libros y unos cuantos relatos de amigos y conocidos— para reconocer la ciudad y sus gentes. Sin embargo, todo me sorprendió: el alarmante rigor de los aduaneros del alquilerdealquilerdecoches.com/»>coches.com/»>aeropuerto JFK, los insólitos sistemas de pago en los autobuses públicos, la complejidad de las cabinas de teléfono, las proporciones casi inconcebibles de los edificios, de las calles y de los ríos. A juzgar por su testimonio en Ventanas de Manhattan TÍTULO=»\indice1\»>1, también Antonio Muñoz Molina se sintió en su primer viaje sorprendido e intimidado por los corpulentos agentes de inmigración, por los impacientes cobradores de autobús y por la arquitectura y geografía de la ciudad, siempre tan colosales. Y aunque el novelista de Úbeda sea desde hace tiempo un habitual de la ciudad de los rascacielos, sigue tan fascinado como el primer día —y así lo transmite al lector en este libro de lectura apasionante— por la multiforme variedad de sus gentes, la agitación y el ruido permanentes, la vitalidad de una urbe desmedida, donde toda experiencia humana es posible.

Otra coincidencia entre la experiencia del novelista y la mía tiene que ver con el ataque del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas del World Trade Center. La primera imagen que vi, todavía con los ojos entrecerrados tras haber sido bruscamente despertado de la siesta —un rascacielos en llamas, nítidamente recortado contra un cielo azul— me pareció algo así como una enorme chimenea humeante, un insólito símbolo de la era industrial erguido en medio de un extraño decorado. También Antonio Muñoz Molina acababa de recobrarse del sueño (en su caso, nocturno), y su testimonio del atentado que unos pocos minutos antes había tenido lugar a menos de diez kilómetros de la ventana de su apartamento (véase la secuencia 18, páginas 78-80), transmite un parecido efecto de irrealidad y pasmo. Quizás nuestra común sensación fuera un mecanismo inconsciente de defensa contra el impacto de una catástrofe que a muchos nos había tocado en la fibra más íntima, pues Nueva York es un escenario lleno de resonancias sentimentales para la gente de nuestra edad —el novelista sólo me lleva cinco años—, que hemos crecido, aunque sólo sea imaginariamente, a la sombra de los rascacielos y de los majestuosos árboles de Central Park.

No obstante el paralelismo que acabo de trazar, el retrato de la ciudad norteamericana que traza Ventanas de Manhattan dista mucho de ser un reflejo oportunista del atentado contra los rascacielos del World Trade Center TÍTULO=»\indice2\»>2. Tanto la necesidad como el trazo de este retrato nacen de fuentes mucho más hondas, como permite inferir el hecho de que Nueva York y su brillante constelación de referencias culturales, artísticas y emocionales constituyen una constante en la obra de Muñoz Molina, tanto en la narrativa como en su obra periodística. Tal como aparece representada en este libro, la ciudad del Hudson y el East River tiene muy poco que ver con un destino turístico convencional y tampoco corresponde con exactitud al modelo, consagrado por los libros de viajes, los reportajes periodísticos y ciertos libros de memorias, del viajero fiel y cultivado que vuelve una y otra vez al encuentro de sus escenarios predilectos. La ciudad gigantesca e inagotable a la que acude por primera vez el protagonista, como un palurdo (con tal palabra se califica a sí mismo, en la página 16) que anhela desprenderse de su condición localista y marginal, como un forastero que se siente intimidado por multitud de detalles sorprendentes y desconocidos, acaba por convertirse en un componente fundamental de la identidad personal, en un paisaje espiritual y emotivo que no por ello deja de ser al mismo tiempo real, perfectamente reconocible una y otra vez por los lectores.

La Nueva York de Ventanas de Manhattan, aun con toda su abrumadora y a menudo dolorosa y acuciante sensación de realidad, tiene mucho de ciudad imaginada o recreada, de vivencia del espíritu. Los mundos del cine, de la música y de las artes plásticas (pintura, escultura, arquitectura, fotografía) aparecen una y otra vez en este libro como leitmotivs que se encadenan y se combinan, al modo de frases de una melodía o pinceladas en un cuadro. Los paseos del protagonista por la ciudad, su ir y venir sólo aparentemente caprichoso, trazan un mapa sentimental que reproduce los escenarios de muchas horas de atenta observación y callejeo, pero también de lectura, de deleitosa contemplación de pantallas cinematográficas, de paladeo de grabaciones de jazz y blues, de ensoñaciones y fantasías. Esta dimensión sentimental y emotiva de la ciudad resulta muy evidente en la secuencia final del libro, que no está narrada en presente, sino en un pasado que corresponde a la Nueva York evocada desde Madrid. En esta secuencia el autor rememora una visita a un club de la Novena Avenida, y el aire antiguo, algo anacrónico, de la sala, de los músicos y del público que baila parecen haber brotado de su imaginación: “Si no tuviera quien comparte conmigo el recuerdo de esa noche, estaría seguro de haberla soñado” (p. 382).

Pero es que además Nueva York es el escenario donde el autor reconoce y construye su propia identidad, que aparece indisolublemente asociada a la vivencia afectiva, pues en la ciudad culmina un episodio clave de su historia sentimental TÍTULO=»\indice3\»>3, y de la que forma parte inseparable, como ya ocurría en Sefarad, la conciencia del desarraigo y la ajenidad. Con la lejanía característica del extranjero, el autor toma distancia respecto a su propio origen —“soy el ciudadano invisible de un país inexistente, célebre si acaso por la Inquisición, las matanzas de indios, las corridas de toros y las películas de Pedro Almodóvar”, afirma en el arranque de la secuencia 77 (p. 338), en una frase que tiene visos de hacerse famosa— y es capaz de relativizar las obsesiones que le afligen cuando vive en España. Por otra parte, su estancia en Nueva York le proporciona la oportunidad para conocer a diversas gentes —el cónsul y el cardiólogo (¿Valentí Fuster?) con los que conversa en las secuencias 14-17, la pareja de artistas que dejaron el País Vasco hace veinte años y “no entienden nada de lo que ocurre en su tierra de origen” (secuencia 61), los estudiantes de la City University, muchos de ellos emigrantes, a los que el autor imparte clases en la secuencia 45, los escultores Juan Muñoz, Leiro y Manolo Valdés, cuyas obras aparecen vívidamente descritas en las secuencias 46, 59 y 75, el actor Javier (aunque no se nombra su apellido, resulta más que evidente a la luz de los datos que proporciona la secuencia 68 que se trata de Javier Cámara)—, todas ellas caracterizadas por su extraterritorialidad, por su identidad múltiple, propia de las personas que viven entre dos continentes, dos culturas y dos lenguas, y que por ello disponen de una mirada limpia y una independencia de criterio que para el autor constituyen un motivo de sintonía y en muchos casos de admiración.

Ventanas de Manhattan es una obra singular, que no corresponde con precisión a ninguna de las categorías genéricas habituales, pero que sin duda ha logrado cartografiar con éxito un valioso territorio fronterizo entre ellas. Si no fuera porque con demasiada frecuencia los términos tomados del ámbito de la biología presentan connotaciones negativas, diría que se trata de un fascinante híbrido entre el dietario, el libro de memorias, el ensayo, la novela, el reportaje y el libro de viajes. La introspección en la conciencia y en el recuerdo, propia del ámbito novelístico, se entreteje con el testimonio directo que suele caracterizar a los reportajes periodísticos y a los libros de viajes, y con la reflexión densa y minuciosa esperable en un diario o en un ensayo, todo ello en una mezcla muy sugestiva cuyos antecedentes en la trayectoria del escritor hay que rastrear en obras de un perfil genérico más nítido, como el libro de memorias Ardor guerrero (1995) y novelas como El jinete polaco (1991) y, sobre todo, Sefarad (2001). Es cierto que Ventanas de Manhattan podría clasificarse perfectamente en el ámbito de lo que los anglosajones llaman “non fiction”, pues no hay historia en el sentido narratológico del término ni tampoco personajes al modo novelístico; además, no existe ninguna distancia entre el autor y la instancia narrativa, pues el texto no participa del estatuto ficcional de los géneros narrativos. Sin embargo, la singularidad del yo protagonista y la potencia con que su subjetividad determina la representación del mundo que le rodea rebasan claramente los límites propios del memorialista o el reportero, acercándolo en cambio a la actitud característica del ensayo.

El libro consta de ochenta y siete secuencias (me parece más correcto este término que el de capítulos) de variada longitud, que se ordenan de forma vagamente cronológica —la llegada a la ciudad, la estancia, la despedida y el viaje de vuelta—, aunque sin un hilo argumental definido. El discurso va y viene, volviendo una y otra vez sobre temas y motivos recurrentes —las ventanas que permiten atisbar las vidas ajenas y que dan título a la obra, el movimiento y el ruido incesantes, la confusión y tráfago de los mercados callejeros, los paseos por los parques y avenidas, las visitas a museos, la música en todas sus variedades, estilos y formas— que se van entrelazando y completando progresivamente, hasta trazar un entramado que sostiene el texto y guía al lector a lo largo de su recorrido. Determinados motivos —por ejemplo los cambios estacionales, marcados por la decoloración de las hojas y la aparición del viento y las lluvias que anuncian el invierno, o la evolución del tono vital del protagonista, que se desliza hacia la melancolía conforme se aproxima el momento de dejar la ciudad— sirven además para marcar el paso del tiempo y pautar la estructura de la obra.

No todas las secuencias tienen la misma entidad ni el mismo tratamiento. Muchas abundan en el carácter reflexivo y meditativo, vinculado a la exploración del yo y a la (re)construcción de la experiencia biográfica, tan típico de la obra de Muñoz Molina. Otras constituyen vigorosos, magníficos apuntes de la vida cotidiana, de tono entre íntimo y costumbrista TÍTULO=»\indice4\»>4 (véase, por ejemplo, la secuencia 39, evocación de la vida placentera en los cafés, o la 58, maravillosa descripción de las tiendas y mercadillos de la ciudad), donde sobresale la capacidad del autor para la observación, la interpretación del detalle, la invención de las más sorprendentes asociaciones y los contrastes más sugestivos. Son muy frecuentes las secuencias de carácter ensayístico —no creo exagerado afirmar que Ventanas de Manhattan es la obra de Muñoz Molina más devotamente consagrada a su vocación de atento y gustoso observador de las manifestaciones artísticas— sobre las diversas artes, especialmente la música TÍTULO=»\indice5\»>5, pero también la literatura, la arquitectura, la pintura, la fotografía y la escultura TÍTULO=»\indice6\»>6. Hay secuencias dedicadas al callejeo urbano, a Central Park y las riberas del Hudson o el East River, a los selectos ambientes de Park Avenue, a los distritos y los barrios (Harlem, Brooklyn, el Bronx, Queens), al solar arrasado de las Torres Gemelas, a los museos, los mercados, los bazares y las tiendas, a los personajes de la alta sociedad y los innumerables locos, mendigos y desarraigados, a la vida mestiza de los inmigrantes, los exiliados y tantas gentes de diversas naciones que dividen sus vidas entre Nueva York y sus países de origen.

Uno de los méritos más indudables de este libro reside en la capacidad de su autor para captar en toda su riqueza la variedad y el movimiento infinitos de la vida neoyorkina (“Manhattan es el gran bazar del mundo entero” es una frase espléndida con la que se abre la secuencia 58). El vértigo, la alegría de vivir y la exaltación epicúrea que suscita la inagotable diversidad de la ciudad están magníficamente representados en secuencias como la 34 y 35, que expresan la sensación de “recogimiento y felicidad, de mareo y codicia” (p. 139) ante la abundancia de espectáculos, de museos y librerías, o la 41, que es una descripción magistral del abigarrado mundo de los cuadros de Brueghel, tan próximo en muchos sentidos al latido, a un tiempo vibrante y obsceno, del desaforado corazón de la urbe, o la secuencia 60, dedicada a evocar la continua transformación física de la ciudad —epítome del urbanismo contemporáneo y del espíritu del arte moderno—, una secuencia vibrante y apasionada, que tiene ecos de la literatura futurista, con su admiración por el maquinismo, la velocidad y el cambio súbito.

En Ventanas de Manhattan, Muñoz Molina persiste, aunque aliviada en comparación con algún título anterior (Sefarad podría ser el ejemplo más claro), en su tendencia a adensar la prosa y dotarla de un espesor que a menudo se resiente por la falta de algo más de ligereza y de frescura. Por otra parte, a pesar del título, que sugiere una emoción solidaria —las ventanas como un estímulo para la observación de las vidas ajenas y la búsqueda de una proximidad afectiva con ellas—, a pesar de que en muchas secuencias el autor es capaz de identificarse emotivamente con la experiencia individual (véanse, por ejemplo, las secuencias 48 y 49, que describen el Tenement Museum, dedicado a inmortalizar el recuerdo de las terribles condiciones de vida de las viviendas donde se hacinaban los emigrantes; o la secuencia 79, emotivo y a la vez irónico retrato de dos viudos dedicados a ayudar a los emigrantes recién llegados, que es uno de los pocos casos TÍTULO=»\indice7\»>7 en que personajes norteamericanos sin ningún relieve público aparecen identificados con sus nombres de pila y con una historia concreta y personal), el lector puede llegar a creer que la sensibilidad del escritor se ha quedado embotada en los objetos y en los escenarios, en los efectos estéticos y en la acumulación culturalista, y que como consecuencia ha relegado a un segundo término la peripecia humana que se encuentra tras ellos y que les dota de auténtico interés.

Y eso que el autor es perfectamente consciente de que entre las grietas de la espléndida fachada retratada en Ventanas de Manhattan asoma por doquier un fondo de alienación, cuando no una un submundo sórdido y miserable. Haciéndose eco de forma explícita de un sentimiento que ya manifestó Lorca en Poeta en Nueva York, Muñoz Molina vuelve una y otra vez (véanse, por ejemplo, las secuencias 63 y 73) sobre un leitmotiv muy característico: el de la ciudad hostil, habitada por seres que se recluyen en sí mismos como islas incomunicadas, una ciudad que ha convertido la mezcla de cordialidad superficial y esencial indiferencia en toda una forma de vida (“estar viendo y no mirar es un arte supremo en esta ciudad que desafía tan incesantemente a la mirada”, p. 122). No es nada casual, por tanto, la insistencia del autor en traer a primer plano la muchedumbre de locos, alienados e indigentes, muchos de ellos en diversos grados de obsesión y delirio, que pueblan las calles de la urbe.

Tanto la estructura como el estilo de Ventanas de Manhattan responden a un propósito muy evidente, que el propio autor declara en la secuencia 67: “Miro y escribo. Me gustaría que la mano avanzara sola y automática para que los ojos no se apartaran ni un segundo del espectáculo que alimenta la inteligencia y la escritura” (p. 293). De hecho, todo el libro, salvo intervalos rememorativos frecuentes, aunque no demasiado extensos, está redactado en presente, en presente actual o habitual, un tiempo verbal que acrecienta la sensación de vida fluida, multiforme y que promueve la multiplicidad de experiencias y sensaciones. Incluso la descripción de las obras de arte y los objetos de los muchos museos, galerías y escaparates que recorre el libro está realizada desde la perspectiva de un presente que actualiza la experiencia remota a partir de la cual se crearon.

A este propósito de captar el instante en su inmediatez y variedad se aplican recursos muy variados, entre los cuales cabe destacar el uso frecuentísimo de la enumeración caótica (verdaderamente antológico en secuencias como la 73, dedicada a los rastros y mercadillos callejeros, con su acumulación de objetos descabalados e inútiles, o la 76, una descripción del mercado oriental de Canal Street cuyo aire de ajenidad y extrañeza lo hacen parecer el escenario de una película de ciencia ficción), la adjetivación rotunda, eficacísima, la acumulación de sintagmas paralelos, la proliferación de asociaciones sorprendentes que combinan elementos heteróclitos, en un torbellino fascinante que a veces recuerda las imágenes de la poesía vanguardista TÍTULO=»\indice8\»>8 (“las puntas metálicas de los paraguas abiertos chocan y se enredan entre sí como las pinzas de los cangrejos en las cestas de mimbres de las pescaderías”, pp. 334-335), o los abruptos contrastes que enfrentan experiencias muy diversas (por ejemplo, el de la secuencia 78, dedicado a las riberas del Hudson, con su insólita mezcla de repulsivos mataderos y selectas discotecas de moda).

Sin embargo, el autor es consciente de lo ilusorio de su propósito y de la limitación de los medios que tiene a su alcance —“hay dibujos y fotografías que pueden apresar un instante, pero no existe una literatura que pueda contar con plenitud toda la riqueza de un solo minuto”, afirma en la página 139—, y de hecho, en competencia con la exaltación vitalista y el goce de las muchas maravillas que describe, toda la obra aparece recorrida por una especie de tono melancólico o resignado, el del artista que comprende que su modo de expresión es incapaz de competir con la infinita variedad del modelo que intenta representar. No es extraño, entonces, el entusiasmo de Antonio Muñoz Molina por la música y las artes plásticas, que de algún modo logran superar las limitaciones de la palabra para captar el incesante fluir, la vida fascinante e inagotable de ese “gran bazar del mundo entero” que es la ciudad de Nueva York.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Antonio Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan, Barcelona, Seix Barral (Col. “Biblioteca Breve”), 2004, 382 páginas. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. Aunque el ataque a las Torres Gemelas y sus consecuencias planean sobre la obra como una referencia ineludible, en realidad son el centro de atención de una parte relativamente pequeña del texto: en concreto, diez secuencias, de la 18 a la 27, y algo menos de cuarenta páginas. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. Es un episodio, seguramente autobiográfico, que ya había sido novelado en obras anteriores, como El jinete polaco (1991) y que vuelve a aparecer en la secuencia 26 (página 108) de Ventanas de Manhattan. Por cierto, también el cuadro de Rembrandt, que forma parte de los fondos de la Frick Collection de Nueva York, se menciona en Ventanas de Manhattan. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. El propio Muñoz Molina sugiere al inicio de la secuencia 12 la necesidad de despojar al término “costumbrista” de las connotaciones negativas que ha adquirido en nuestra literatura, y hace una observación que me parece muy justa: que la literatura sobre Nueva York es marcadísimamente localista, y que su proyección universal no viene dada tanto por su propia entidad como por la resonancia que inevitablemente adquiere todo lo que procede de este auténtico emblema de la civilización contemporánea. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Según he leído en las crónicas de la presentación de Ventanas de Manhattan ante los medios de comunicación, el libro fue inspirado por el editor Luis Suñén (a quien está dedicado), quien solicitó a Antonio Muñoz Molina algún texto sobre su relación con la música. No hace falta insistir en que la obra resultante desborda su motivación inicial, pero lo cierto es que ésta ha quedado más que satisfecha, pues Ventanas de Manhattan resuena constantemente con todos los estilos y las formas musicales: las notas solemnes del Réquiem alemán de Brahms, los clubs selectos de jazz donde cantan Dee Dee Bridgewater o Paula West, los garitos de Harlem, los conjuntos de cámara de la Juilliard School y las representaciones de La flauta mágica de Mozart en la City Opera, las emisiones de la radio pública WNYC, las big bands, el eco de figuras desaparecidas como Miles Davis, Thelonious Monk, Benny Goodman o Béla Bartók, los músicos y bailarines callejeros que pululan por las calles, parques y bocas de metro, haciendo sonar en una fascinante cacofonía trompetas, saxofones y hasta cubos de plástico. «

TÍTULO=»\nota6\»>6. Para determinados lectores —he hecho alguna comprobación al respecto—, la acumulación culturalista puede resultar fatigosa. En descargo del novelista habría que señalar que éste es un rasgo muy característico de toda su obra literaria desde los primeros dietarios que publicó (El Robinson urbano, 1984 y Diario del Nautilus, 1985) y que además está plenamente integrado en la vivencia personal de la ciudad. Por otra parte, cualquiera que haya viajado a Nueva York con un mínimo bagaje cultural se da cuenta inmediatamente de que muchos de sus escenarios más significativos ya los ha visitado antes, a través de los libros, el cine o la televisión. «

TÍTULO=»\nota7\»>7. Hay al menos otras dos historias de neoyorkinos que han salido del anonimato: el joven trompetista negro Rufus A. Powell (secuencia 62), tal vez víctima de un timo que proyecta sobre su figura elegante y formal una suave tono patético; y el profesor de literatura Mark (secuencia 65), un descendiente de italianos que se dedica con vocación encomiable a enseñar a los alumnos más desfavorecidos del Bronx. «

TÍTULO=»\nota8\»>8. No creo que esta filiación vanguardista sea un simple reflejo o coincidencia. De hecho, en Ventanas de Manhattan se evocan con frecuencia los versos del Lorca de Poeta en Nueva York, las esculturas de Giacometti o la música de autores como György Ligeti, Edgar Varèse o John Cage. «

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Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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La joven de las naranjas (Jostein Gaarder)

A sus quince años, Georg Roed, descubre que su padre muerto, hace más de una década, le dejó una extensa carta escrita antes de morir. Su madre (la joven de las naranjas) casada ya con otro hombre, sorprendida por el descubrimiento encontrado dentro del forro de la silla en donde paseaban a su hijo, espera con ansias, mientras Georg lee encerrado en su cuarto el inesperado mensaje. ¿Qué dice la carta? ¿Qué puede decir una carta para un hijo escrita por un padre antes de morir? ¿Qué descubre? Ese es el libro. Atrapa desde el principio. ¿Qué lector no querrá saber ese misterio?

El libro es un relato escrito a dos manos, el niño que cuenta cómo le impactó esa comunicación de su padre, y lo hace en primera persona y la carta misma que va siendo develada entre comentarios del niño: “Mi padre murió hace once años, cuando yo sólo tenía cuatro. Creí que no volvería a saber nada de él, pero ahora estamos escribiendo un libro juntos …”

El trasfondo de esta reciente novela de Jostein Gaarder es la intensidad de la Vida, y por supuesto es también sobre la muerte. Aborda el tiempo y trata de indagar en la profundidad de lo que somos en verdad y de qué hacemos en este inescrutable universo. En la carta le formula al hijo la pregunta: ¿Elegirías nacer, y conocer la vida en toda su intensidad sabiendo que quizá sea para permanecer sólo un instante en ella? O ¿Rechazaríamos la oferta? Las respuestas a esa pregunta son exquisitas y sin duda nos dejará con un gran ánimo por vivir y un deseo enorme de abrazar y dar un beso a quienes amamos. Georg, a sus quince años es un gran apasionado por las estrellas y todo lo que hay en el universo, en ese ambiente encuentra la carta de su padre escrita antes de morir.

La carta es la historia de amor de su padre con la joven de las naranjas, su madre, y cómo lo concibieron, en ella le formula esas preguntas que debe el niño responder, y mientras le responde Georg ha escrito este libro.

¿Qué sentido tiene vivir? ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor? La trama y el contenido mismo de esta novela va directamente al corazón de quien la lea, es sobre el amor y a esas dudas permanentes de los seres humanos. ¿Valió la pena mi opción? ¿Tiene sentido todo esto que estoy viviendo? ¿Qué debo elegir? Para esas personas que cayeron en el tedio de su amor o los atrapo la cotidianidad en una telaraña de necesidades y problemas, convirtiendo en desdichas su amor, es una buena oportunidad para encontrarse. Ese dilema que habita en toda la existencia: ¿Cuál es la mirada que debemos adoptar para mirar el mundo? son preguntas a las que encontraremos respuestas en esta novela.

La joven de las naranjas.

“Estas cómodo, Georg? Es importante que estés bien sentado, porque voy a contarte una inquietante historia. Pero tal vez te hayas acomodado ya en el sofá de piel amarillo. Bueno, si es que no lo habéis cambiado por uno nuevo, qué se yo. O también puedes haberte sentado en la vieja mecedora del jardín de invierno que tanto te gustaba….. varias veces he intentado imaginarme cómo será el mundo dentro de unos años, pero nunca he conseguido forjarme una buena imagen de ti y de cómo eres ahora. Sólo se que fuiste. Ni siquiera sé la edad que tienes a leer esto..” así comienza la carta que le deja el padre. Es la historia de amor de él con su esposa, cómo la conoció, cómo la sedujo, el enamoramiento, la pasión entre ambos, es una linda historia de dos jóvenes que lo dan todo y se entregan de verdad y de cómo cada uno fue buscando al otro hasta encontrarse. La joven de las naranjas es ella, pues cuando la conoció, en un tren, iba cargando una bolsa con enormes naranjas y la segunda vez que la ve también va cargada con una enorme bolsa de naranjas, para qué tantas naranjas, al final, cuando ya se aman descubre que ella era pintora y estaba pintando una cesta de naranjas, de ahí el título de la novela. También habla de otros novios anteriores de la joven de las naranjas, uno de ellos será luego el padrastro de Georg, y será uno de los grandes misterios que se irán descubriendo en el relato.

La Novela

Es una novela exquisita, sabrosa, es un deleite, si se les puede calificar con eruditos pero para mí fue un deleite, un verdadero disfrute mientras mi hija jugaba a saltar la cuerda y correteaba a su mascota, leer una historia en donde el papá, a punto de morir de una enfermedad terminal, le escribe a su hijo a quien dejará y no volverá a ver, y él al momento de escribir –a sabiendas que va a morir- dice que lo hace mientras su hijo juega con su tren en el piso y yo ,mientras leo, – a sabiendo que tengo que vivir- lo hago mientras ella juega. Esos son los juegos de la literatura.

Lo exquisito es que habla de la vida misma desde la muerte. Eso no es fácil, lograrlo con musicalidad y ternura en el lenguaje escrito esa es la magia que logra el autor. Las preguntas que le va formulando a su hijo son indudablemente para el lector y así como el hijo las responde nosotros tendremos también que respondérnoslas.

Los grandes temas:

El tiempo

– Llegaría primero la tarde y luego la noche, pues el día tiene su propio ritmo, su propio ritmo cíclico, pero el día siguiente podría empezar exactamente donde empezó el anterior.

– Pero ¿qué es un ser humano,? ¿Cuál es el valor de un ser humano? No somos más que polvo que se levanta del suelo y se esparce por el mundo? – ¿Qué es este gran cuento en el que vivimos y del que cada uno de nosotros sólo podrá disfrutar un breve tiempo?

Vida

– Ya no siento necesidad de ver o vivir más cosas de las que he vivido. Lo que sí desearía fervientemente es mantener lo que tengo… porque estoy muriendo. Unos huéspedes que jamás han sido invitados han empezado a chuparme la energía vital.

– El agitado juego de la vida no tiene espacio para el recuerdo ni para la reflexión, tiene de sobra consigo mismo. – Cada individuo es un arca de tesoros viva, repleta de pensamientos y recuerdos, sueños y deseos. – Algunas veces en la vida tenemos que aprender a echar de menos. Intenté darte fuerzas para que esperaras un poco más. Esa frase es interesante porque surge en un momento en que él se le declara y ella le dice que tiene que esperar, el fenomenal diálogo es este:

“Y pregunto. “¿Cuándo podemos volver a vernos?. Ella permanece un instante observando el asfalto antes de levantar la vista y mirarme. Sus pupilas bailan intranquilas, me parece ver temblar sus labios. Y me propone un acertijo sobre el que reflexioné mucho. Dice:

¿Cuánto tiempo puedes esperar?

¿Qué podía responder a esa pregunta, Georg? Tal vez fuera una trampa. Si contestara que dos o tres días, sería demostrarme demasiado impaciente, y si contestara “toda la vida”, pensaría que no la quería de verdad o simplemente que no era sincero. De modo que tuve que ingeniarme algo intermedio.

Contesté: “Podré esperar hasta que mi corazón sangre de pena”.

Sonrió algo indecisa y me acarició los labios con un dedo. Luego preguntó:

“¿Cuánto tiempo es eso?”

Hice un gesto de desesperación con la cabeza y opté por decir la verdad: “Tal vez sólo cinco minutos”, dije.

Pareció alegrarse por lo que acababa de oír, pero susurró: “Estaría bien si pudieras aguantar un poco más…” Ahora me tocó a mí pedir una respuesta. Pregunté:

¿Cuánto?

“Tendrás que ser capaz de esperarme seis meses”, Creo que dejé escapar un suspiro.

¿Por qué tanto tiempo?.

“Porque es exactamente el tiempo que tendrás que esperar… Si lo consigues, podremos estar juntos todos los días…”

– Sólo estamos en este mundo una vez. Estamos aquí ahora.

Qué les parece, sencillamente es sabroso. He leído muchos diálogos en literatura pero ninguno tan excelente como éste. Hacer diálogos que parecen reales en literatura no es fácil, incluso cuando un autor abusa del diálogo y se excede –como hay muchos- cae en lo chocarrero, ( otra cosa es el teatro) pero en narrativa lograr un diálogo perfecto sólo es posible en los escritores que saben lo que hacen. Jostein es uno de ellos.

Sobre el amor a la joven de las naranjas:

– No sabía quien era ni cómo se llamaba, pero desde el primer momento ejerció sobre mí un inquietante poder. – Cómo por arte de magia ella había conseguido meterse entre yo y el resto del mundo. – Me dedicó una cálida sonrisa, y esa sonrisa, Georg, podría haber derretido el mundo entero, porque si el mundo entero la hubiera visto, ella habría tenido la fuerza suficiente para acabar con todas las guerras y toda la enemistad del planeta o al menos habría dado lugar a una tremenda tregua. No me quedaba otro remedio tenía que acercarme a ella. – Es como si todo el resplandor navideño se hubiera concentrado en una sola mujer. – No existe una intimidad más grande que la de dos miradas que se encuentran con firmeza y determinación, y sencillamente se niegan a apartarse. – No podemos ser dueños del pasado del otro, la cuestión es si tenemos un futuro juntos. – Me enseñó a descubrir los pequeños intrígulos de la naturaleza. Hay muchos. Cuando cogíamos flores en el campo, nos quedábamos a veces mucho rato estudiando los pequeños milagros. ¿No es el mundo en sí un increíble cuento?… Espero que tú también hayas heredado una mente receptiva a esos pequeños misterios. No son menos sugerentes que las estrellas y galaxias en el cielo. Creo que se precisa más inteligencia para crear un abejorro que para hacer un agujero negro. Mi padre fue quien me abrió esa perspectiva. El me enseñó a levantar la mirada de todas las miserias de aquí abajo. Sus ojos habían visto algo que nadie más había visto.

Recomendación

¡Qué puedo yo decir de una novela excelente! ¿Para qué hacer una reseña? Sólo invitarles a que la lean. Entre las toneladas de páginas que se publican a diario de repente surgen milagros como este. Este libro es de esos sorbos que la vida nos da a leer de vez en cuando. Al final el hijo optó por la vida, aunque sepa que estará en este mundo por un corto tiempo.

El autor

Jostein Gaarder nació en 1954 en Oslo, Noruega. Durante 11 años fue profesor de Filosofía e Historia de las Ideas en un instituto de Bergen, en Noruega. Se casó y tiene dos hijos. Siempre escribió cuentos, El Misterio del Solitario recibió el premio de la crítica literaria de Noruega, pero fue la publicación de El Mundo de Sofía en 1991, con 25 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y traducido a cuarenta y cuatro idiomas, el que le dió a conocer internacionalmente. Con los beneficios ha montado una fundación ecologista, la Fundación Sofía.

Jostein Gaarder, publicó en 1986 «El diagnóstico», una colección de relatos al que siguieron dos libros para jóvenes: «Los chicos de Sukhavati» (1987) y «El palacio de la rana» (1988). En 1990 recibió el Premio Nacional de Crítica Literaria en Noruega y el Premio Literario del Ministerio de Asuntos Sociales y Científicos por «El misterio del solitario» y al año siguiente el Premio Europeo de Literatura Juvenil. En España, Jostein Gaarder ha recibido los premios Arzobispo Juan de San Clemente y Conde de Barcelona. En 1992 publicó «El misterio de la Navidad» y al «año siguiente escribió El enigma y el espejo». Otras obras suyas son: Maya y Vita Brevis, entre otras.

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